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Michael Robinson: «El resultado miente más veces de lo que muestra la realidad».

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Michael Robinson (Leicester, 1958 – Madrid, 2020) había llegado al Club Atlético Osasuna en 1987 con una Copa de Europa y su acento británico. Fue el fichaje más caro en su momento, cuando pasó del Preston North End de Sir Bobby Charlton al Manchester City, y en Anfield alcanzó el sueño de niñez de jugar con el Liverpool. El día que aterrizó en España, el delantero se encontraba ya cerca de la retirada, pero en realidad estaba dando comienzo a una prometedora carrera en los medios de comunicación, empezando por las retransmisiones del Mundial de Italia 90 en Televisión Española «con apenas cien palabras aprendidas».

TEXTO: CARLOS H. VÁZQUEZ
FOTOS: JAIME PARTEARROYO

¿De quién es el fútbol?
En un principio era del pueblo. Jorge Valdano dijo un día que el fútbol era una excusa para que la gente se sintiera feliz, y es verdad. El fútbol viene derivado de sus comienzos, cuando se practicaba el Royal Shrovetide Football a principios del siglo XIX, donde los machos de un pueblo batallaban por una especie de pelota hecha con tripa de cerdo que el alcalde tiraba al centro. El objetivo del juego era depositar ese tipo de balón en uno u otro fondo del pueblo. A veces, estos partidos podían durar dos días. Siempre había lesionados, se arrancaban árboles… Un buen día, en un colegio de la ciudad de Rugby, en el condado de Warwickshire, al oeste de Inglaterra, decidieron hacer un juego muy similar, pero delimitando la superficie y el número de participantes. Aquello fue lo que hoy conocemos como rugby. Unos años más tarde, en el Freemasons’ Tavern de Londres, decidieron hacer una cosa parecida con once jugadores que debían usar el pie. Eso acabó llamándose Football Association y se dio a entender que era para la clase popular, mientras que el Football Rugby estaba destinado para la élite, universitarios… Por eso el rugby se jugaba más en las universidades, al contrario que el Football Association, que se practicaba en los colegios. A grandes rasgos, a lo largo de la historia, el fútbol ha atraído más bien a la clase obrera, aunque yo no sé si hoy día sigue habiendo tal cosa (clase obrera).

¿Qué te encontrabas tú en el colegio?
En los colegios de pago, cuando yo era niño, no se jugaba al fútbol, porque se pensaba que era algo rudimentario, entonces se jugaba al rugby, pero en los colegios del estado había menos rugby y más fútbol. También, a lo largo de mi niñez, veía que la gente pudiente jugaba al rugby y que los que no lo eran tanto se dedicaban al fútbol. Todavía, en muchos colegios de Reino Unido, se considera que el fútbol no transmite los valores necesarios y que es más individualista, mientras que el rugby está considerado como algo más didáctico que reúne los valores que se requieren para vivir en sociedad. De hecho, en algunos colegios es obligatorio jugar al rugby. Y hasta hace poco, en algunos colegios todavía era obligatorio hacer Cross Country y boxeo. En realidad, los profesores querían ver cómo los niños eran capaces de superar una situación de agobio, y el rugby les servía para comprobar cómo los alumnos jugaban en equipo con sus compañeros.

En ese sentido, ¿qué diferencias había entre el rugby y el fútbol?
El rugby es un deporte en el cual ningún individuo, por muy bueno que sea, puede ganar un partido para su equipo. Ha habido grandes jugadores, como Jonah Lomu o el inglés y gran pateador Johnny Wilkinson. El equipo tenía que poner el balón en el rango adecuado y para eso tenía que pasar por catorce manos. Sin embargo, lo único individualista que puede hacer uno en el rugby por el equipo es perder el balón. Y en una delantera compuesta de ocho jugadores, si solo bregan siete, chungo, porque pierdes. Se concibe, sin embargo, que en un partido de fútbol esto suceda, aunque no es recomendable y no tan frecuente, pero un solo jugador puede ganar un partido. Por eso, la gente metida en la educación en Inglaterra o en el Reino Unido pensaba que el fútbol se prestaba al individualismo, sobre todo cuando los niños eran pequeños. Cuando yo jugaba en el patio del colegio era el que ganaba los partidos, porque yo era el mejor. A esas edades y jugando entre contemporáneos, alguien podía hacer lo que hace Messi hoy día contra los mejores jugadores del mundo. Por lo tanto, el fútbol, desde siempre, ha sido de la clase obrera, del pueblo llano. Sin embargo, pienso que eso está cambiando; el mundo globalizado del fútbol está atrayendo a grandes fortunas que quieren entrar en este mundo para hacer aún más grande su fortuna y tener la capacidad de mover a las masas.

Entonces, ¿cuál sería el papel del futbolista en ese escenario?
Un futbolista, hoy día, sigue siendo aquel niño que soñaba con levantar una copa y se subía a la montaña rusa de querer ser futbolista, pero entonces no estaba preparado intelectualmente para darse cuenta de ello. Además, después se encontraba ya no sólo con el padre, sino con un manager. En un programa de Acento Robinson sobre el mal uso de los niños en el fútbol tratamos algo denunciable: no hay ni un solo niño en Argentina, con ocho años o más, que no esté jugando al fútbol –representando a su pueblo o su condado– sin intermediario. Hay gente, con su único traje de Giorgio Armani, que aparece en algunos pueblos de África comprando niños porque sabe que hay padres que se los venden. Es muy triste. El periodista chileno Juan Pablo Meneses logró comprarle un niño brasileño a su padre a cambio de cien dólares. Estamos hablando de un bastardeo tremendo. La historia contemporánea está llena de estos hechos tan sumamente preocupantes.

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La leyenda dice que, de pequeño, la primera vez que fuiste a Anfield para ver al Liverpool, le dijiste a tu padre que querías ser futbolista.
No recuerdo habérselo dicho, pero sí es verdad que mi padre me lo ha contado tropecientas veces. Por entonces no se televisaban tantos partidos en Inglaterra y yo no había visto uno completo por la tele, salvo una final de copa entre el West Ham United y el Preston North End, porque los noventa minutos que duraba un partido se me hacían muy largos como para mantener la atención. Pero jugaba al fútbol incesantemente en la playa con mi padre, Arthur, y mi hermano mayor cuando vivía en la costa, en Blackpool. Disfrutaba como un enano y, claro, quería ser futbolista. Me parecía bonito todo lo que pasaba antes de que los jugadores salieran al campo. Cuando iba ser testigo de mi primer partido, entre el Liverpool y el Burnley, llegué mucho antes a Anfield con mi padre, porque había que estar de pie –yo todavía era pequeño– y teníamos que coger un sitio bueno en The Kop. Lo que más me gustaba era la atmósfera, los cánticos previos con canciones de The Beatles adaptando la letra al equipo… Todo eso culminaba cuando aparecían los futbolistas y se empezaba a cantar el You’ll never walk alone. Eso fue lo que me sedujo. El partido acabó con un gol a cero a favor del Liverpool. Cada quince días, los viernes antes del partido del sábado, sentía que era Nochebuena o algo parecido.

¿Quién marcó el gol?
Ian St. John de cabeza con un centro de Ian Callaghan.

¿Cómo lo recuerdas?
Como una especie de orgasmo colectivo. Tanto rugido, tanta celebración… Estaba sintiendo cosas nuevas por primera vez, porque nunca antes había estado en un campo de fútbol. El ruido, todos apoyando los mismos colores, sentirse en compañía… Había una especie de pertenencia a algo. En nuestro colegio, la mitad eran del Manchester United y la otra mitad del Liverpool. Entonces, la pertenencia al Liverpool era mayor. Todos los partidos que jugábamos en el patio del colegio eran entre esos dos equipos.

¿Eran partidos duros?
Sí, pero ganábamos siempre nosotros, porque yo era el mejor (risas).

Pero no fichas por el Liverpool hasta la temporada 83-84. Antes empiezas a jugar en el Preston North End, un club con tradición religiosa. Curioso para un futbolista agnóstico…
Bueno, yo no notaba nada religioso. Era un club con una historia gloriosa y fue el primer equipo en ganar un doblete. Su jugador-entrenador era Sir Bobby Charlton, que un día llamó a la puerta de mi casa. Recuerdo que estaba viendo un culebrón que se titulaba Coronation Street y que a las ocho, cuando terminaba, tenía que estar en la cama. A eso de las ocho menos cuarto sonó la puerta y fui a abrir en pijama. Vi a dos tipos y uno de ellos tenía la pinta de Bobby Charlton. Me preguntaron si yo era Michael y si estaba mi papá. Fui a buscar a mi padre y le dije que fuera había un tipo con la pinta de Bobby Charlton que quería hablar con él. Se levantó del sofá, se miró en el espejo, fue hacia la puerta, entonces el hombre de la puerta se presentó: «Mister Robinson, me llamo Bobby Charlton». El otro señor era Jimmy Scott, el ojeador. Mi padre me mandó a la cama e hizo pasar a Bobby Charlton y a Jimmy Scott a la sala de invitados, que no usábamos casi nunca. Al rato, me llamó mi padre: «Mira, mister Charlton piensa que tienes un gran porvenir y quiere que fiches por el Preston North End. ¿Qué te parece». Y yo le dije: «Pero papá, ¿no habíamos quedado en seguir con los estudios?». A lo que mi padre respondió: «Michael, piensa que tienes un gran futuro como futbolista. ¿Te gustaría fichar por el Preston North End?». Pero yo insistía en preguntar por los estudios. Mi papá, mirando a Bobby Charlton, se disculpó: «Perdone, mister Charlton, pero el chico es un poco tonto». Al final me incorporé al Preston North End. Ellos tenían a un montón de ex jugadores del Manchester United que habían ganado la Copa de Europa del año 68: Francis Burns, David Sadler, Nobby Stiles, el mismo Sir Bobby Charlton… Era como jugar en un equipo formado por el asilo del Manchester United, pero era algo muy bueno para mí, porque podía nutrirme de todas sus experiencias y ayudas.

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Jugaste cuatro años en el Preston North End y luego pasaste al Manchester City, ¿verdad?
Sí. Fue muy difícil y muy duro, porque fui el futbolista más caro de la historia durante unas horas. Nunca había vivido fuera de casa y jugando en el Preston podía seguir viviendo en Blackpool. Recuerdo que me hicieron una pregunta en la rueda de prensa: «¿Te da miedo ser un futbolista tan sumamente caro con 19 años?». Pero no tenía miedo. Me parecía un sueño. Al día siguiente de firmar por el Manchester City, me fui a Mallorca de vacaciones con unos amigos y me di cuenta que estaba siendo acosado por los ingleses que estaban de vacaciones allí. Me encontraba en la piscina del hotel y no me dejaban en paz. Era un presagio de lo que más o menos me esperaba. También me acuerdo, cuando jugábamos fuera de casa, que el público local cantaba: «What a waste of money». Eran tiempos muy difíciles, pero aprendí mucho, aunque no tanto en la arena futbolística. Me compré una casa y tuve que hacer obra. Dormía en el piso de abajo y vivía en el piso de arriba porque la gente se acercaba a mi casa a mirarme constantemente, pero llegó un momento en el que no pude más. Había una chica que limpiaba y, a veces, llevaba mi coche para llenarlo de combustible, porque yo tenía miedo de parar en la estación de servicio. También me hacía la compra.

¿Vivías encerrado?
Sí. No entendía nada. Además, deportivamente hablando, tampoco me iba como el público esperaba. Por esa cantidad de dinero, cada vez que yo cogía el balón, esperaban que metiera gol. Después de todo, fui el máximo goleador. También se esperaba que ganáramos la liga, pero el equipo no anduvo bien y creo que terminamos cuartos. Fui visto como un gran fracaso. Un día, después de haber jugado un partido-homenaje a Kazimierz Deyna, capitán de Polonia y posiblemente el mejor jugador que había dado ese país, aterrizamos desde Varsovia como a las dos de la madrugada y sobre las ocho fui al centro de Manchester, a mi casa. Por el camino, vi una señal de tráfico que indicaba el camino al Aeropuerto Internacional de Manchester y otro cartel que conducía al centro de la ciudad. Puse los intermitentes y, espontáneamente, justo en ese momento, pensé: «Que le den por el culo al fútbol». Fui al aeropuerto y vi que en un par de horas iba a despegar un avión hacia Nueva York. Me acerqué al mostrador y pedí solo un billete de ida. Lo pagué con mi tarjeta American Express, que justo acababan de estrenarse en el año 79, me metí en el avión, me dieron champagne con zumo de naranja y empecé a sentirme encantado con mi rebeldía. También me acuerdo que nos sirvieron revuelto con salmón ahumado. Me quedé dormido durante el vuelo. Cuando desperté, empecé a sentirme muy arrepentido. Claro, no podía ir a la cabina para decirle al piloto que diera la vuelta, así que aterricé en Nueva York con mi neceser. Cogí un taxi y le pedí al taxista que me llevara al mejor hotel de Manhattan y acabé en el Hotel Plaza. Al entrar, vi que estaba lleno y me fui a un hotel que estaba al lado. Era realmente fantástico, porque era mi curación, pero estaba asistiendo a mi funeral deportivo. A las veinticuatro horas llegaron los periódicos y llamé a casa. Mi padre cogió el teléfono y colgué. Salí para comprarme unos gayumbos, regresé al hotel y volví a llamar a casa, esta vez fue mi madre la que contestó al otro lado de la línea. Le dije que estaba bien, pero mi padre le quitó el teléfono para decirme que volviera enseguida, que había salido en el telediario y que estaba missing. Alguien de British Airways había dicho que me habían vendido un billete a Nueva York.

¿Cómo se lo tomó la prensa?
En los periódicos me pusieron a parir. Y como me patrocinaba Christian Dior, decían que era un chaval medio Playboy. Ojalá hubiera vivido la mitad de lo que me habían acreditado tener. Fueron pasando los días y los periódicos se fueron suavizando. Los columnistas decían que yo, al fin y al cabo, era un chaval de 19 años que tenía mucha responsabilidad. Parecía que se empezaba a entender mi situación. Entonces pensé en regresar. Cuando volví a Manchester, fui a ver al entrenador y me multó, claro. Le dije que sólo necesitaba una cosa, que me escuchara, pero él contestó que lo que realmente necesitaba eran un par de hostias y que me pusiera el chándal. Salí de la sala y por el largo pasillo hacia los vestuarios decidí coger la puerta de la izquierda, la que daba al parking, y me fui directamente al aeropuerto para coger otro vuelo a Nueva York y volver al mismo hotel, pero esta vez había avisado a mis padres con tiempo desde el aeropuerto. Como sabían en qué hotel me alojaba, me llamaron desde el club: «Si vuelves inmediatamente juegas de titular contra el Bristol City».

¿Qué hiciste?
Regresé, por supuesto. Recuerdo estar en el túnel oyendo la megafonía del estadio, presentando las alineaciones, y pensé que me iban a dar por todos lados cuando dijeran mi nombre, pero en lugar de eso hubo una ovación tremenda. ¡Resulta que me querían! Ganamos tres a cero y yo metí dos goles. Aquel día vino a verme Phil Collins. Nos hicimos amigos a través de algo en común que teníamos, aparte de la afición por el fútbol –él quería ser portero del Queen’s Park Rangers–: una tremenda inseguridad. Phil Collins estaba seguro de que le iban a pillar por impostor, igual que yo. Se encontraba escribiendo su primer álbum como artista en solitario, Face value, después de Génesis. Después del partido, ya de madrugada y después de un concierto de Genesis, Phil Collins y yo nos tomamos algo en su hotel de Manchester, y me dijo: «En mala hora le dije a la discográfica que iba a hacer un álbum. Primero, no sé cantar. Segundo, estoy encoñado en poner los vientos de Earth, Wind & Fire, pero los vientos solo funcionaron en el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles y un poco con Supertramp».

Entiendo que conocías la historia que había detrás de cada canción del Face value, ¿no?
Sí. Y ese álbum me supuso muchísimo. Phil se había enamorado de una mujer durante su gira en San Francisco, pero quería a su esposa, así que estaba en un momento muy vulnerable y fueron tiempos muy fértiles para él, para poder escribir, pero la inseguridad que tenía sobre su capacidad de hacer música estaba ahí. Cada uno de los miembros de Génesis había estudiado música, eran músicos de veras, y la música popular de aquellos tiempos, aunque era muy buena, era de ocho acordes y ya está. Phil había estudiado Bellas Artes y era más bien un actor, y aunque le gustaba mucho la batería y estaba en el grupo más académico del mundo, siempre se sentía un farsante. Lo que pasa es que era muy bueno. Al poco, Peter Gabriel decidió dejar de cantar y Phil tomó su lugar, pero más bien como un actor; Peter se disfrazaba, pero Phil actuaba en el escenario. Hasta el día de hoy reina en él una gran inseguridad.

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No sé si la inseguridad, la tuya, tuvo que ver algo cuando fichaste por el Brighton & Hove Albion después de una temporada en el Manchster City. En Brighton es donde más partidos juegas y donde marcas un tanto que has considerado como el preferido de tu carrera. Me refiero al gol contra el Sheffield Wednesday en la semifinal de la liga que os dio el paso a la final de Wembley.
Brighton era como un balneario y aquel fue el momento de mayor felicidad de toda mi carrera. Éramos un equipo de amiguetes, humilde… Yo había salido del City para espantar los fantasmas que había conocido en Manchester. Fui máximo goleador de la liga inglesa y, con ese gol, cinco semanas más tarde, se suponía que iba a jugar en Wembley, que por entonces estaba solo reservado a partidos internacionales y partidos de copa. Era el sueño de todo niño. He ganado ligas, copas, incluso una Copa de Europa, pero en ese momento yo jugaba en el mejor equipo del mundo. ¿Quién hubiese dicho que un equipo pequeño iba a ir a Wembley? De alguna manera, también me servía para decirle a la afición que no era tan manco. Y luego me fichó el mejor equipo del mundo.

¡El Liverpool!
Pero ganar ahí no me hizo feliz. Tampoco infeliz, porque esto viene con el sueldo, la camiseta y tú estás obligado a ganar si juegas con el Liverpool Football Club. Si la sonrisa de la foto con Brighton era de felicidad, la de la Copa de Europa que ganamos con el Liverpool en el Estadio Olímpico de Roma contra la Roma era de alivio, porque habíamos cumplido con lo esperado. Eso no produce felicidad, sino alivio, en mi caso al menos.

Aquel partido se decidió por penaltis, pero tu saliste en el minuto 94, antes de los lanzamientos. Y, además, eras el sexto jugador en tirar en caso de que fallara el quinto jugador, Alan Kennedy.
Si llega a fallar Kennedy yo no habría llegado al punto de penalti sin que me hubiese dado algo. Sabíamos en qué fondo del estadio estaban nuestras parejas y yo me las imaginaba diciendo: «Michael la va a cagar». Y pensaba en mis padres, viendo el partido en casa, diciendo: «Nuestro hijo la va a cagar». Ya llegué a pensar en el chalet adosado que me iba a comprar en Mongolia si al final fallaba el penalti (risas). La Roma tenía tenía un delantero centro que se llamaba Francesco Graziani que jugaba con mucho pundonor. Le admiraba y además era romano. En el partido, Bruno Conti falló el penalti y luego Graziani falló el suyo. Eso me amargó todo un poco, porque realmente no ganamos el partido, lo empatamos, pero nos quedamos con la copa. Ese verano me casé con mi novia del colegio. Recuerdo ir con ella por el centro del pueblo y encontrarnos con que habían desviado el tráfico de tanto aficionado al fútbol que había. En ese delirio tan feliz de mi matrimonio con mi mujer, en un coche de caballos de camino al hotel desde la iglesia, ella me entregó la medalla que me acreditaba como campeón de liga. Yo pensaba: «Si yo soy tan feliz ahora, ¿cómo estará Graziani?». Creía que nunca iba a superar aquello. Me fui a Hawai de luna de miel y había momentos en los que me invadía esa misma pregunta: «¿Cómo estará Graziani?». Cuando regrese con el Liverpool en pretemporada, le dije a la secretaria que tenía que hablara con Graziani. Hicimos una llamada a las dos de la tarde, pero recuerdo que hablamos muy fugazmente –yo no hablaba italiano y él no hablaba inglés–, pero entendió que le quería dar un abrazo.

¿Os llegasteis a encontrar Graziani y tú?
Sí. Pasado un huevo de años, en la final de Champions en el Estadio Olímpico de Roma entre el Barça y el Manchester United, Carlos Martínez y yo fuimos al estadio para buscar nuestros puestos de comentaristas y por un vomitorio vemos a un tipo gordo y calvo que se me acercó para preguntarme si yo era Michael Robinson. Resulta que era Graziani. Nos fundimos en un abrazo muy bonito y te dije: «Te quiero. ¿Estás bien?». Él me dijo que sí. Me fui y ya está (risas). Un fugaz encuentro en un abrazo que duró solo diez segundos, pero fueron muy sentidos.

¿Cuánto tiempo estuviste jugando en Liverpool?
Dos años y medio. Cuando yo salí del Liverpool habían fichado a un futbolista que se llamaba Paul Walsh y pensé que iba a ocupar mi lugar. Entonces fui a ver al mister y le dije que había pensado en que lo mejor era que me marchara, porque iba a llegar Paul y eso rompería mi corazón, porque yo soy del Liverpool y sería insoportable para mí; nunca me podía imaginar que el club no me quisiera. Amo demasiado al Liverpool. Me hace mucha gracia cuando la gente dice que un jugador no siente los colores o la camiseta. Para mí era un obstáculo querer la camiseta roja del Liverpool, porque no podía ver las cosas tal y como eran, estaba emocionalmente demasiado implicado.

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Te marchas al Queen’s Park Rangers, donde estás tres temporadas.
Es que una vez que te marchas del Liverpool no puedes jugar en ningún equipo más de Inglaterra, porque no puedes evitar hacer comparaciones. El 26 de diciembre de esa temporada (84/85), el Liverpool jugaba contra el Leicester City y yo iba a ser titular, pero el día antes había hablado con el Queen’s Park Rangers, entonces llamé a Joe Fagan para decirle que me iba. Él trató de convencerme, ofreciéndome un aumento en el contrato si me quedaba, pero yo no pensaba quedarme: «Le quiero mucho, mister, pero sé que no voy a tener porvenir con vosotros». Si el partido empezaba a las tres de la tarde, mi esposa y yo fuimos unas horas antes a Anfield para recoger mis botas. Después de despedirme y de dar un abrazo al mister, salimos con el coche y pude ver cómo la gente iba acercándose al estado. Tuve que esconderme en la parte delantera del coche con mis botas, llorando como un niño que acaba de perder a su perro. Lloraba, lloraba y lloraba… No sé cuántas veces me he preguntado a mí mismo si tomé la decisión correcta, pero siempre acabo con la misma respuesta: «es el destino». De no ser por el destino, yo no hubiera acabado en el Osasuna ni haciendo lo que hago ahora. Por lo tanto, doy la decisión por bien tomada.

Antes de llegar a España, recibes ofertas del Sevilla, Anderlecht, Génova, Sampdoria… Pero te quedas con la peor, que era la del Osasuna. ¿Por qué?
Yo nunca he tenido intermediarios. Y esto que voy a decir va a sonar muy feo, pero creo que me encontré a algunos gangsters o a personas que tenían pinta de serlo por el camino. La historia está repleta de futbolistas ingleses que han fracasado en el extranjero, y yo, de alguna forma, la decisión que estaba tomando no era cien por cien deportiva, porque lo que quería en realidad era un Erasmus, ir a la Universidad a la que nunca acudí en su día. Fue una decisión más humana que deportiva, así que era muy importante saber dónde iba a parar mi mujer y mi hijo Liam, que todavía no había cumplido un año.

¿Cómo era la gente con la que hablabas en el Osasuna?
En el Atlético Osasuna yo hablaba con «caballeros». La oferta no era ni muchísimo menos lo principal, aunque no entendía mucho lo que decían, como me pasaba con los italianos o el representante del Anderlecht. Yo iba con mi intuición humana y no sabía que el Osasuna estaba tan mal en la clasificación. Tampoco imaginaba, cuando llegué, que íbamos a tener tan semejante batalla titánica para mantenernos en la categoría.

Llegaste a Pamplona tocado de la rodilla, ¿no?
Sí. Me hicieron desnudarme del todo y me preguntó el cirujano si yo había ido alguna vez al quirófano. Venía un profesor de inglés desde Logroño que era el que me traducía, así que cuando me preguntaron si había estado alguna vez en el quirófano me eché a reír, porque había tenido tres fracturas de cráneo, me había roto la nariz no sé cuántas veces, el tobillo, la rodilla… Me volvieron a preguntar si me seguía doliendo algo, y yo contesté que sí, que tenía inestabilidad en la rodilla. Había jugado todo los partidos con Queen’s Park Rangers y si jugaba no podía entrenar. Vi caras largas. El cirujano cogió la rodilla, la dobló, la movió… y dijo que era cierto que tenía una inestabilidad tremenda, pero lo que él no sabía es que lo estaba haciendo en la rodilla buena, la izquierda, porque la mala era la derecha. Entonces Mapfre no podía asegurarme y jugué sin seguro.

Aunque tú no querías, después de la sexta intervención pudiste jugar contra el Betis el 15 de enero de 1989. Sin embargo, en el minuto 19 del partido caes lesionado.
Me enfadé mucho con los servicios médicos, porque no hicieron lo que debían. Es más, cuando me estaban poniendo la anestesia, me dijeron que igual no volvía a jugar si me operaban, pero yo lo único que quería era no perder la rodilla. Recuerdo despertar en mi habitación, después de la operación, y ver a mi mujer, una cámara de Televisión Española y al médico diciendo que iba a poder jugar dentro de seis semanas y que el resultado de la operación había sido maravilloso. Pero no me hicieron la intervención que debían, porque cuando me lesioné contra el Betis, en un saque largo, al saltar, sufrí una hipertensión en la rodilla, porque estaba suelta. O sea, que el doctor no me había arreglado la rodilla. Cuando estaba en el suelo, entró al campo Carlos Encaje, el fisioterapeuta del Osasuna con su «agua milagrosa». «Deja el agua, la esponja y su puta madre», le dije. Entonces pidió una camilla, pero me negué, porque de ahí yo tenía que salir andando. Sabía que no iba a volver a jugar en un campo de fútbol, pero no estaba dispuesto a terminar mi carrera en una camilla. Querían verme la lesión al día siguiente y me negué también. Se acabó, no quería jugar más al fútbol.

¿Se lo dijiste así a Zabalza, tu entrenador en el Osasuna?
Vino a verme al descanso y me pidió que me tranquilizara. Yo estaba tranquilo, pero me sentía engañado y no quería jugar más al fútbol. Aquella noche, hablando con mi mujer, no le dije que iba a retirarme, aunque ella ya sabía que lo iba a dejar al finalizar la temporada. Igual no encontraba el coraje suficiente para hacerlo, pero ella más o menos lo intuía. Por la mañana fui al club para decirles que no iba a jugar más. Fermín Ezcurra, el presidente, me pidió que jugara sólo los partidos de casa, pero también lo rechacé: «Tú puedes quedarte con la pasta, pero yo me quedo con mi dignidad», añadí. Tenían que pagarme mucho dinero. De hecho, nunca habían pagado tanto a un futbolista en toda la historia del club, pero es verdad que tampoco habían tenido en toda su historia a un campeón de Europa. Si yo tuve los huevos de pedir en su día lo que pedí, que ellos también tuvieran los mismos huevos para decirme que estaba cojo y que no merecía nada, que no iba a quedarme lesionado cobrando su dinero. De ahí me fui al Club de Squash de Navarra, donde mi mujer y la de Sammy Lee estaban haciendo aeróbic para decirles que me había retirado y que además había renunciado a mi contrato. Me podía haber quedado cobrando en el Osasuna sin jugar, pero mi padre me habría mandado a la cama sin cenar si hubiera hecho eso. A eso de las doce y media fuimos a Cizur Menor, al Asador Martintxo. Llamé a la puerta y su dueño, Martintxu, apareció en pijama y zapatillas y cocinó para mí mientras yo lloraba en medio de un sofoco. Ahí fue cuando me di cuenta de que ya no iba a jugar más al fútbol, pero me alegro de haber tomado esa decisión, porque al menos evité la prolongación de una agonía. Fue un orgullo para mi carrera haber terminado en un Sadar lleno.

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¿Por orgullo jugaste con la selección de Irlanda?
Sí. Cuando lo estaba haciendo bien en Brighton, siendo el máximo goleador en la liga en un equipo pequeño, toda la prensa decía que iban a convocarme con Inglaterra. Y sí, me convocaron, pero para el segundo equipo de Inglaterra, no para la selección absoluta. Mi mamá es irlandesa y estaba muy compungida, y que me dijo: «Tienes que jugar para nosotros». Le mencioné a mi entrenador en Brighton, Allan Mullery, que prefería jugar con Eire. En realidad fue por despecho, porque estaba enfadado. Si la selección inglesa absoluta me hubiese convocado, yo hubiese ido. Siempre me ha caído un poco mejor Irlanda que Inglaterra. Soy un poco anti-establishment con los ingleses y también un poco rebelde, y siempre he tenido presentes en el alma mis raíces irlandesas.

Pero el acento inglés te delata. No es la primera vez que hablas de los problemas que tuviste con el idioma al llegar a España –Benjamin Toshack te ayudaba con la traducción en alguna ocasión–, pero al final se ha convertido en un rasgo totalmente reconocible después de más de 30 años en España. Retransmisiones, televisión, PC Fútbol… Hasta el diario AS publicó un curso de inglés presentado por ti que se llamaba English in action. ¿Cómo se aprende un idioma con Michael Robinson?
(Risas) No lo sé. Yo no he ido, como te puedes imaginar, a ninguna academia. Aprendí mi castellano en bares, cafeterías, en viajes con el Osasuna… Mis suegros cuentan que una vez vinieron de visita a España y que yo siempre llevaba encima dos libros: uno de perros y un diccionario. Pero en realidad sí fui una vez a una academia que el club me había puesto, pero como habíamos perdido contra el Murcia y tuvimos que hacer un entrenamiento extra, llegué tarde a la academia el día que estaban enseñando a decir la hora. Entonces me di cuenta que estaba aprendiendo más en diez minutos en el entrenamiento que en una academia. Luego, los jugadores me adoptaron como una especie de juguete. Recuerdo que una vez, durante una concentración, me mandaron a la cafetería para pedir «seis hijos de puta» (risas). Más tarde iba enterándome de algo y ya podía conversar un poco, pero cuando fuimos a Sevilla –ganamos 0 a 1–, me llevaron a la rueda de prensa y salí cabizbajo de allí porque no entendí ni hostias. En principio debía salir encantando, pero me subí vencido al autocar porque no entendí ni una sola pregunta que me hizo la prensa sevillana.

¿Y cómo contestabas?
De traductor hacía José Manuel Echeverría, miembro del club y ex jugador de Osasuna. Se sentaba a mi lado y más o menos me lo iba explicando. Pero el tema del idioma es lo que más he disfrutado, porque es un interminable crucigrama, y cuando vas aprendiendo mucho, llega esa especie de meseta en la que no avanzas nada. He aprendido en la radio, por ejemplo, pero no puedo decirte que domine la televisión, no soy tan osado. La putada del fútbol es que cuando ya sabes cómo va, tienes experiencia y sabes leer los partidos, aunque tu cuerpo no te permita seguir practicándolo. Entonces estás constantemente en busca de la perfección, y yo he sido muy perfeccionista. El idioma ha sido una compañía. Estuvo en el fútbol y después en los medios, donde el idioma tiene mayor relevancia. En la televisión y en la radio siempre encuentro algún ejercicio para saciar mi curiosidad.

Cuando te propusieron hacer Informe Robinson, ¿tenías claro que no querías periodistas hablando, sino historias y un protagonista?
Sí. Me obligaron a hacer un programa que se llamaba Maracaná cuando nació Cuatro, pero me fui después de una emisión, porque yo no lo dirigía y necesito dirigir lo que hago. No me tomo a mí mismo muy en serio, pero sí me tomo en serio invadir el salón de estar de la gente. Cuando empecé El día después, cogí a mis chicos y después de una comida nos fuimos a la calle, donde ya se veían las ventanas de las casas iluminadas. «Ahí es donde vamos nosotros», les dije. Nuestro trabajo era invadir el salón de estar y hablar con la gente. Pero no sólo en ese barrio, sino en todo el país. No hay mayor privilegio en el mundo. Cuando salí de Maracaná discutí mucho con la planta noble del Grupo Prisa, en concreto con la parte de televisión. Era incapaz de mentir al público. Podía mentir a los directivos con una mentira piadosa, pero nunca podía mentir al público. Estábamos ofreciendo una mierda y yo no estaba dispuesto a ofrecerle una mierda a nadie, así que me negué. Después de eso le dije a mi mujer que igual había que coger un avión y volver a Inglaterra.

Hasta que te ofrecieron Informe Robinson.
Pasó un tiempo y Álex Martínez Roig, nuevo jefe de Canal +, me dijo que tenía que hacer algo, pero yo no estaba por la labor, porque estaba cabreado, y cabreado no podía escribir nada. Me preguntó si quería volver a hacer El día después, pero ya no quería hacerlo otra vez; se terminó para mí. Me iba proponiendo ideas y un día me enseñó un programa de la HBO que se llamaba Real sports, pero no me parecía para tanto, porque era gente hablando y yo quería historias, protagonistas. Álex me preguntó si creía que lo podía hacer mejor y le respondí que sí, que «con el nabo» (risas). Se había dado cuenta de que me había picado y había hecho su diagnóstico, y a mí me venía bien, porque empezaba a visualizar cómo lo haría.

¿Cómo buscabais a los protagonistas de Informe Robinson?
Nosotros tenemos que buscar dos historias al mes y hacemos dos o tres programas a la semana, y rara vez hemos hecho un programa recomendado por alguien. Se ha dado el caso, pero es raro. Es un ejercicio de ver. Lo que es un poco triste de nuestro escenario periodístico –en el mundo occidental– es que los héroes de nuestra sociedad están intrínsecamente cosidos a nuestro tejido social, pero no los vemos. Son personas perfectamente anónimas, pero son héroes. Lo que es trágico es que se lesione Luka Modrić y se pare la prensa. Cuando yo empecé con El día después, teníamos la sección Lo que el ojo no ve. Recuerdo que estábamos en la Torre Picasso, al lado del Santiago Bernabéu. A las dos y cuarto de la tarde, di dos minicámaras de la época a dos chavales de mi equipo y les pedí una cosa: «Retratadme el atasco y a las cinco nos vemos en mi despacho para que me contéis en minuto y medio qué es lo que habéis visto». Los dos chicos se fueron y a la vuelta me contaron que sólo habían visto coches. ¡Pero es que el metal, el automóvil, no padece el atasco, sino la persona que está tras el volante! Estaban mirando mal. Vemos la pasta, la victoria, el éxito, la derrota… pero rara vez aplicamos, periodísticamente hablando, las palabras de Rudyard Kipling: «Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia». Es una de las cosas que me enseñó el fútbol y el ser un periodista que, a veces, es un tipo bueno y, otras, un hijo de puta; para el culé soy merengue y para el madridista soy culé, y para los del Valencia soy del equipo que vaya primero.

MRobinson Carlos -12

Hubo un caso en Informe Robinson que me dejó muy impactado. Me refiero a la historia del meta alemán Robert Enke, que sufría depresión y nadie, salvo unas quince personas muy cercanas, lo sabía. Acabó suicidándose el 10 de noviembre de 2010 con 32 años.
Es muy llamativo que haya hombres de entre 18 y 58 años que sufran al mayor «asesino del varón inglés»: el suicidio, porque en el norte de Europa un varón no puede decir que lo está pasando mal. Mientras seguimos diseñando una sociedad en la que predomina la desigualdad, el varón muere. Hay un problema de violencia de género, pero también hay una enfermedad de género que mayoritariamente es el suicido por el percibido fracaso de un padre de familia. No lo vemos y muchas veces nos da igual. Nuestra sociedad no mejora y eso es muy triste. Nos tratamos fatal.

¿Cómo se enfrenta un futbolista al fracaso?
Siempre es un fracaso percibido por terceros. He aprendido algo en el fútbol: el resultado miente más veces de lo que muestra la realidad. Yo juego al golf y muchas veces he dado muy bien a la bola pero la he golpeado demasiadas veces. Y en el fútbol, las veces que mejor hemos jugado, hemos terminado perdiendo, y las veces que hemos ganado habíamos jugado muy mal. No debemos mentirnos a nosotros mismos. Llegué a retirarme del fútbol pensando que no era el mejor delantero centro de la Humanidad, pero no debí haberme sentido un fracasado.

¿Cómo te sentiste cuando anunciaste en La ventanta de la Cadena SER que tenías cáncer (melanoma con metástasis)?
Bueno, mi mujer me echó una bronca tremenda cuando llegué a casa, porque estaba desbordada y muy emocionada por tantos mensajes de cariño que ella había recibido de sus amigos. Yo le había dicho que igual lo hacía público, porque hay un momento en el que tienes un secreto y se acaba sabiendo. Ya había gente que lo sabía y yo, además, me había ausentado en un par de partidos. Un día por la mañana me llamó Santi Segurola y me preguntó qué me pasaba. También había hablado previamente con Carles Francino, porque si debía hablar de esto tenía que ser con él. Entonces, el lunes por la mañana, cuando volvía en el AVE desde Valencia, le mandé un mensaje diciéndole que hoy tocaba contarlo.

¿Te esperabas tantas muestras de cariño?
No. Ni sabía que era tan querido. Tampoco me lo había planteado alguna vez a lo largo de mi vida, porque hago lo que hago y estoy un poco inmunizado ante los elogios y las críticas. El martes lo hablé con Carlos Martínez y me dijo que su teléfono no había parado de sonar: «¿Te das cuenta, guiri, que la gente te quiere?». Mira, te voy a decir una cosa: desde que lo hice público, he llorado más que el primer mes en el que me diagnosticaron el cáncer. Lloré con mi mujer y con mi hijo Liam. Fui a comer con él, su mujer y mi nieta, y Liam me preguntó qué tal estaba su madre. ¿Qué le podía pasar? Nada. Era una mujer fuerte. Después de comer paramos en el club de golf para tomar un vinito y me preguntó qué tal estaba yo, y entonces rompió a llorar: «¿Tienes miedo de la muerte?», preguntó.

¿Y te da miedo la muerte?
No, no me da miedo la muerte. Lo que sí me entristece muchísimo es tener que despedirme de él. Eso me mata. Lloramos mucho. Menos mal que en ese momento no había nadie en el club de golf. Fue como quitarnos un flemón. El 1 de agosto perdí a mi mejor amigo jugando al golf, Paco. Fue a buscar una bola mía, se cayó y se rompió el cuello. Cuando supimos que yo tenía cáncer, Chris, mi mujer, dijo que Paco me estaba reclamando, que estaba arriba y no tenía con quién jugar al golf. Pero ya habrá tiempo para un match con él y con mi amigo Sevi (Severiano Ballesteros). Más allá de eso, yo me he sentido fuerte, porque había decidido cómo tenía que vivir: como yo quiero. Ahora he recibido una segunda opinión y el pronóstico es más halagüeño, pero he llorado más por la emoción y por la muestras de cariño. He llorado de alegría. Mi hija me decía que algo bueno he debido de hacer para que la gente me quisiera tanto. Pero se me escapa qué puede ser.

El doctor, cuando te transmite que tienes cáncer, te dice que es «uno malo que no tiene cura». ¿Cómo te enfrentas a una noticia así?
No creyéndolo. Durante los primeros días pensaba que había un error, pero las personas que me intervinieron y me diagnosticaron en primer lugar estaban suponiendo lo que era lo normal, que es que un melanoma con metástasis no tenga cura. Pero sí la tiene, porque hay una terapia que está salvando gente. El inventor de esta terapia, James P. Allison, es un tejano al que acreditaron con el premio Nobel de Ciencia en 2018. Emiliano Calvo, al que llamo Messi pesar de ser madridista, trabajó con él y me dijo que sí creían que podían curarme. Por lo tanto, me he hecho fuerte y estoy eufórico.

Después de todo, Michael, ¿qué es el fútbol?
Es un tremendo entretenimiento que produce pasión, una excusa para sentirse feliz.