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Luis Eduardo Aute: La duda de un futuro mejor.

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“En esta vida hay que tratar de ser competente y no de ser competitivo”.

Hablar con Luis Eduardo Aute (Manila, 1943) de niñez metafórica y de los monstruos que llevamos dentro se convierte en un pulso filosófico y cultural mientras el mundo se sumerge cada vez más en una narración de terror surrealista. Bajo el título de “El niño que miraba el mar” (Sony, 2012), Aute escenifica -en un disco y en una película- los pasajes de su propia niñez con los ojos del adulto que es hoy. Allí, en su casa, y al lado de su perra Duna, Luis Eduardo Aute fuma a la luz de la poesía y del terror.

TEXTO: CARLOS H. VÁZQUEZ.
FOTOS: HÉCTOR HUGO VILA RODRÍGUEZ.

Publicada en Cambio 16

Bonita pincelada de libertad le da usted al mar, elemento que se presenta en el título de este nuevo disco.
Es un poco tópico, pero el mar siempre ha sido el horizonte que promete ámbitos más esperanzadores y de libertad. Pero hablando de la portada y de las fotos del libreto; es una foto que me hizo mi padre en el año 45 cuando yo tenía 2 años. Es una fotografía muy especial. Luego está que, mi hija, hace 2 años y sin tener conocimiento de la otra foto, me hizo una en El Malecón de La Habana azarosamente desde el mismo punto de vista que la otra. A la vuelta, le dije a mis hijos de hacer un montaje con las dos imágenes porque todos, en algún momento de nuestras vidas, sentimos la curiosidad por encontrarnos con ese niño que llevamos dentro para ver si lo que pensamos ahora corresponde con lo pensábamos antes, lo que ibas a ser o si sigues siendo aquél niño. Ese puro azar fue el motor que me impulsó a montar la película haciendo unos dibujos relacionados con esa imagen, y en mitad del proceso de los dibujos, saqué la canción de ‘El niño que miraba el mar’ y el resto de las canciones. Pero la verdad… no lo sé bien. Me encantaría estar en vuestro lugar haciendo preguntas en lugar de estar respondiendo a cosas que no sé. Podemos decir que es intuición, pero no lo sé. Es como una de las citas de Cohen que aparece en ‘Las musas’: “La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista”.

Hablando de citas… Joseph Grimaldi, afamado mimo inglés del siglo XIX, dijo en una ocasión que “la diferencia entre un espectador y ninguno es tan grande como lo es el sentirte vivo o muerto”. Creo que hay una conexión con lo que usted cuenta en ‘Un ser humano’.
Pues mira, si me la cuentas antes la habría puesto como cita (sonríe). Pero sí, es obvio. Vivimos en una sociedad en la que se promueve la competitividad de forma salvaje. Es decir: tienes que ser un triunfador, machacar al que tengas cerca para llegar a esa meta y ser el primero de la clase. Creo que en esta vida hay que tratar de ser competente y no de ser competitivo, porque la competitividad siempre arrastra cadáveres y perdedores. Creo que no se trata de eso, sino de todo lo contrario. El que pueda, a su manera, encuentra su razón de ser y su sentido en la vida, pero esta competitividad brutal y salvaje que nos imponen los mercados (el Dios Mercado) está produciendo este desastre que estamos viviendo. Hay desahuciados en todos los sentidos: de sus casas, de la sociedad… y de todo. Ese es el resultado de esta teoría, no del neoliberalismo ya, sino que va más allá. Son ya reyertas de control de auténticas mafias financieras, piratería financiera que ni siquiera es capitalismo. Antes se quería llegar a La Luna y plantar la bandera americana, pero ahora se va a llegar a Marte y se pondrá una bandera de Goldman Sachs.

Digamos que los países son empresas…
Efectivamente, son empresas, y el ser humano (la condición del ser humano) ha desaparecido.

De hecho, en ‘Feo mundo inmundo’ se deja ver esta temática.
Sí, también. Además, las iniciales de ‘Feo mundo inmundo’ son F.M.I., la gran hacedora que manda lo que tienen que hacer los políticos, que no son más que unos desgraciados súbditos de los intereses de estas mafias financieras. Creo que ya estamos viviendo el descalabro de todo esto. Más bien diría que son los últimos coletazos de un sistema brutal, salvaje e inhumano.

Bueno, sabemos que estos son los últimos coletazos, pero es que no sabemos qué habrá después.
Eso es lo terrible y ese es el agobio. Antes, cuando ha habido crisis en la historia, había otras alternativas: si una cosa no funcionaba, podía funcionar de otras formas. El problema es que ahora… no hay nada; ni una alternativa ni otro panorama, ¡aunque estoy seguro de que lo hay! Haberlo haylo, seguro, pero los árboles no nos dejan ver el paisaje. Esto es como los que dicen que parar desahucios no vale para nada, pero sí que sirve para algo porque se ha parado ese horror. O sea, alternativas hay, pero no se vislumbran.

Lo lamentable es que tenga que morir alguien para que las alternativas florezcan o se empiece a actuar.
Pues sí, eso es también lo terrible porque es a costa de los demás, como ha sucedido con esta pobre mujer de Barakaldo, pues si espera un poco más, no se habría tirado por la ventana. Es un horror que tenga que pasar eso para que se les abra los ojos, incluso en detrimento de ellos mismos y de sus propios intereses. No lo acabo de entender. Una sociedad macrocapitalista sin consumidores es un suicidio. Es decir; para que haya consumidores tiene que haber una economía más o menos planificada para que la gente pueda tener su trabajo, pueda consumir y pueda abastecer los intereses de las empresas. Pero ya te digo que es algo que no entiendo bien porque se me escapa.

Si nos apartan, ¿sería esto un golpe de estado de falsa bandera?
Por eso pienso que estamos viviendo los últimos coletazos del sistema, porque ya es la codicia por la codicia: Morgan Stanley en contra de Goldman Sachs. Marx se equivocó en muchas cosas, pero en otras acertó al decir que el capitalismo empezaría a derrumbarse a partir de que entrara en una contradicción con sus propios intereses [“Las contradicciones del capitalismo”]. Es justo lo que estamos viviendo ahora, la codicia por la codicia, el control del capital sobre la política y sobre el mundo para comprar países. En la Europa del Sur vamos a ser ya, no colonias de Alemania, sino protectorados no se sabe de qué tramado financiero. Es un disparate y tiene que parar porque no podemos seguir así. ¿A dónde va esto?

Puede ser algo cercano a lo que Orwell describe en “1984”, pero va más allá.
Totalmente, ya lo supera… y con creces. Orwell se quedó corto.

“Traer ahora mismo una persona al mundo es un acto de valentía”.

Dice en una de las canciones que “cualquier tiempo pasado fue peor”, pero es curioso esto cuando tenemos la infancia como una época feliz.
Pero era feliz porque había alternativa y porque había acabado la Segunda Guerra Mundial. Yo nací en el 43, en plena guerra y con la ocupación japonesa en Filipinas. Después llegaron los americanos bombardeando y arrasando todo aquello, echan a los japoneses y se queda como una colonia. Pero claro, yo de eso no me acuerdo. De lo que sí me acuerdo, vagamente, es de ir con mis padres al malecón y ver el mar. Pero había alternativas puesto que al terminar la guerra, vendría la paz. Pero ahora mismo… lo más inmediato que puede pasar es otra guerra. No hay más que ver cómo está Siria, ¿no? Todo esto me produce un agobio tremendo por mis hijos porque… ¿qué edad tienes tú?

26, señor.
Pues tengo un hijo de justo 25, además de mi otra hija y otro hijo más mayores. Pero quiero decirte que estáis en un mundo inverosímil sin perspectiva ninguna. Antes había perspectivas, pero es que ahora no las hay. ¿Que las hay? Sí, pero es que no hay manera de hacer una grieta para poder ver un poco otro panorama. Sois una generación que está muy jodida. Nosotros sabíamos que al morir Franco iba a venir otra cosa, pero es que ahora, se acaba esto… ¿y qué viene?

No hablemos ya de la gente que quiere tener hijos… Y si los tienen, esos hijos no serán conscientes de lo que vivimos ajenos a su intelecto.
Claro. ¿Quién trae un hijo al mundo ahora? Es una putada, en muchos sentidos, para esos recién nacidos. No hay más que ver los que están por ahí sin padres o en un orfanato. Traer ahora mismo una persona al mundo es un acto de valentía admirable.

¿Ha visto usted “La silla de Fernando”?
¿El documental de David Trueba?

Sí. Fernando comenta que le hubiera gustado ser imbécil porque así no habría tenido que sufrir. Por lo tanto, ¿hay que ser imbécil para ser feliz?
(Sonríe y se mantiene en silencio) Depende de cómo consideres la felicidad y qué es eso a lo que llamas felicidad. Es decir, esa felicidad del imbécil, evidentemente, corresponde a alguien que cree que siendo imbécil se es más feliz porque se ignora la realidad. Pero la felicidad no es simplemente el que todo sea un jardín de rosas, sino que la felicidad es encontrar una justificación de estar vivo para disfrutar de miradas distintas sobre la realidad, que los sueños puedan realizarse en mayor o menor medida, que la gente sea feliz… A mí me produce una felicidad enorme ver felices a mis hijos, por ejemplo. No sé si eso es la felicidad del imbécil o no, no lo sé.

No deja de ser una felicidad…
Evidentemente, cuanto más ignorante eres, más ajeno estás a los problemas. No sé si así eres más feliz, pero igual todo es más soportable. Pero fíjate, pensándolo… igual hasta Fernando tiene razón.

Creo que la frase exacta para definirlo sería decir que los sueños no se buscan, sino que se cumplen.
Sí. Cumplirlo… o intentarlo al menos. Insisto diciendo en que se disfruta mucho de la felicidad ajena siempre y cuando no sea una felicidad hija de puta, como la felicidad de los imbéciles que tienen como meta ser multimillonarios y tener todo el poder del mundo. Esos imbéciles son los necios de los que hablo. Pero la vida no se trata de eso, sino que se trata de ser el mejor en lo que a ti te gusta hacer y disfrutar de eso. Intentar ser feliz de forma coherente con lo que uno pueda entender qué es el sentido de la vida. No se trata de tener, sino de ser.

Habla usted del mal de Aurora en ‘El niño que miraba el mar’: “No es consciente de que incuba el mal de Aurora, ese mal del animal que ya soy yo”. Pero resalto el hecho de que ese mal aparece también en “El Giraluna” y en ‘Tríptico de luces y sombras’.
Es un homenaje a el Conde de Lautréamont, uno de mis autores preferidos por “Mal d’Aurore” (“Los cantos de Maldoror”). Ese es el mal de Aurora, ese basilisco que llevamos todos dentro, el monstruo perverso, que está ahí oculto y que uno fomenta o no fomenta.

Que sería el dragón que aparece en su cortometraje.
Eso es. Se trata de un basilisco, una criatura mitológica muy perversa que mata con la mirada y que tiene cabeza de ave, alas de murciélago, cuerpo de ser humano, patas de león y cola de cocodrilo. Es un poco la metáfora del tópico de que todos llevamos un monstruo dentro, personal, individual… y luego el monstruo que creamos en la convivencia.

Entonces, si todos llevamos un monstruo dentro, ¿llorar la niñez nos supone un infierno propio?
No se trata de llorar nuestra niñez, sino de intentar conservar a ese niño que llevamos dentro. La gente sensible al arte es la gente que todavía conserva a ese niño. Vendría a ser un síndrome de Peter Pan: no quiero crecer, quiero ser niño. Querer mantener todavía la mirada del niño, que es a lo que me refiero. No es sentir nostalgia del niño, sino de intentar conservarlo en un mundo que te obliga a ser un hijo de puta para poder sobrevivir.

¿Eso tiene que ver con los pasajes de música circense que hay en ‘Un ser humano’?
Sí. Viene a indicar que todos somos actores en una representación o en un circo en el que nos obligan a meternos para disfrazarnos de payaso, acróbata o domador de leones. O sea, incorporar un papel para seguir el argumento de la gran farsa. Pero es muy difícil no abandonar ese papel. Vivir desnudo de cualquier tipo de papel es complicadísimo. Yo cada vez creo en menos cosas… salvo en el ser humano dentro de ese sentido, puesto que mientras haya un ser humano que no se deje llevar por el circo, habrá posibilidades de supervivencia.

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