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Capsula: Ataque preventivo.

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“Nos gustaría estar haciendo la música del 2030”.

Nacidos en Buenos Aires y afincados en Bilbao, Capsula plantean con “In the land of silver souls” (BCore, 2011) un sonido más contundente respecto a “Rising mountains” (BCore, 2009), disco que significó un cambio importante en la actitud de la banda después del aclamado “Songs & circuits” (Discos Liliput, 2007). Martin Guevara (guitarra, programación y voz), Coni Duchess (bajo y voz) e Ignacio Villarejo (batería) hablan sobre los cambios de la banda (tanto en su línea sónica como en la formación) además de la reciente reedición de sus primeros trabajos.

TEXTO: CARLOS H. VÁZQUEZ

Publicada en Cambio 16 / Nº 2124, 22 Octubre 2012

Habéis hablado de evolución con el objetivo de que las canciones sigan siendo actuales, a pesar de las reediciones. Me pregunto si hacer Rock and Roll, tal y como está todo, es algo incendiario o un lujo.
Coni: Para nosotros, lujo no es. Ni desde el primer momento en el que decidimos tener un grupo no era una forma de lujo si no se creaba una forma de pasión.

Martín: Yo creo que son muchas dudas. En relación a la pregunta completa: no tengo ninguna certeza. Pero eso sí, hacemos Rock and Roll. No sé si nosotros podemos hablarte como ejemplo de estandarte del Rock and Roll, pero supongamos que sí (risas).

Lo digo porque se reeditan los tres primeros LPs pero no así “Songs & circuits”, trabajo que os hizo llegar lejos.
Martín: El tema está en que hay un problema legal con ese disco. El sello desapareció. Hay abogados de por medio y es un lío. Así que lo que hicimos nosotros fue una reedición en vinilo, pero legalmente no puede aparecer.

Nacho: ¡Están missing! Andan siendo buscados por la Interpol (risas).

Coni: Aunque en realidad, sí lo podemos hacer…

Martín: Bueno, se puede, pero es mucho lío…

¿Y reeditar el disco bajo el nombre de otra banda y con otro título? ¡El disco ilegal de Capsula!
Martín: (Risas) Sí, aunque habría que cambiar también el nombre de las canciones para que no pudieran cobrar por la editorial ya que también pillan dinero de ahí. Están desaparecidos pero siguen cobrando el 50% de todo lo que hagamos.

¿De quién estamos hablando?
Martín: Discos Liliput.

¡Vaya! Bueno, cambiemos de tercio. ¿Lo de refrescar el sonido es algo pensado o se ha dejado tal y como estaba debido a que es atemporal?
Coni: Nosotros, en el momento en el que grabamos, contamos con unos elementos muy mínimos. Pero sí es cierto que esas canciones estaban pensadas para sonar con un amplificador y una guitarra. Muchas de las canciones son las originales, pero el sonido de la batería nos interesaba actualizarlo.

Claro, Nacho entró nuevo como batería…
Nacho: Había escuchado las canciones y quise grabarlas. Se lo dije a Martín y me miró con cara de “¿pero qué dice este tío?”. (Risas)

Martín: En un primer momento me habría gustado mantener el espíritu original, que de hecho se mantiene, pero vi a Nacho tan dispuesto que se las aprendió en dos semanas y las grabamos en tres días.

¡Salió rentable!
Martín: ¡Ya lo creo! De las canciones no se tocó nada. Siguieron teniendo su esencia, pero procuramos ponerle un ritmo a la batería lo más parecido posible a lo que ya había. Es lo único que suena más distinto.

Nacho: Sólo le costó un tripi (risas). Pero es lo que decía Coni al principio; nosotros teníamos tan poquitos medios para grabar, que las baterías las grabábamos con un solo micrófono (Shure SM58) y hacíamos una toma de cada cosa, como hacer toda la canción el bombo porque teníamos un micro nada más.

Coni: No podíamos grabar todo, así que había grabar el bombo por un lado, después el charles… y mezclarlo después.

¡Sería un follón con las pistas!
Martín: Bueno, era digital todo…

Bueno, pero para mezclarlo…
Martín: ¡Lo mezclaba yo! Todo era precario con lo que había en esa época, como las primeras tarjetas de sonido que sacaron que fabricaba una empresa de videojuegos. No había tarjetas de sonido como tal. ¡Imagínate! Es más: hace poco me enteré de que los de Gramophone grababan (y graban) las baterías de esa manera. Aunque era por una cuestión de estética. Ellos produjeron a We Are Standard, y Javi Leta, el batería que también pertenecía a El Inquilino Comunista, me contó que de ese modo grabaron las baterías. Así que nosotros, dentro de lo más cutre, hacíamos algo que estaba ya inventado y hasta era utilizado.

¡Y nadie lo sabía!
Martín: Y nadie lo sabía, cierto (risas).

Bueno, puede estar bien volver al pasado.
Martín: Sí, está bien. Y más si estás orgulloso de él.

Nacho: Por eso me gustan los temas. Escuchaba los primeros temas y sonaban muy bien. Había que dejarlo bonito.

Bueno, “Rising mountains” ya no era tan típico a los discos primerizos atestados de influencias. También estaba ahí el disco con Ivan Julian.
Martín: Sí. Aunque la grabación de “Rising mountains” y la experiencia con Ivan fue algo que se hizo de manera paralela. En el mismo año pero con diferencia de meses. Entonces, sí que para nosotros fue un crecimiento muy grande trabajar con Ivan; primero con la producción del disco y después girando con él. Sigue siendo nuestro héroe. Junto con Robert Quine, forma una de las mayores duplas de guitarristas de toda la historia.

Gran experiencia entonces. Tanto laboral como emocional.
Martín: Para nosotros sirvió de mucho vivir aquella experiencia y estando en el estudio con toda esta gente. Fue una apertura de cabeza en cuanto a la producción y en temas de la libertad para no atarnos a un género. Afinar una guitarra en la misma nota para pasar después las voces por un ampli y distorsionarlo al máximo. A ese nivel estábamos. Era experimentar con el sonido. Y pese a lo que tenía de experimental, fue muy bien recibido por la prensa.

Por la prensa pero no así por los seguidores.
Martín: Bueno, no te creas. Esa es una leyenda y un mito del radicalismo garagero. ¡El kaleborrokismo garagero! (Risas). Es cierto que esos primeros discos sonaban más a actitud de Rock, eran más rabiosos. Todo sonaba a Garage y a psicodélia. Había cosas de The Stooges, Thee Hypnotics, 13th Floor Elevators… Pero en “Rising mountains” cortamos un poco con eso, con esas estructuras y estribillos.

‘Sun shaking’ ya suena distinto a todo. Además, es la primera canción.
Martín: Sí. Es que es lo que te digo; el talibanismo garagero igual nos miró un poco con desconfianza por ello.

Coni: Pero eso también es un mito (risas).

Que Alberto Díez, anterior batería, me perdone, por cierto.
Martín: Alberto es todo un personaje. Hizo marca. Era un grupo de la misma cuadrilla de Eskorbuto. Era de Cabieces, en Santurtzi, el peor barrio de Santurtzi. En cuanto al sonido, “Rising mountains” tenía ese lado sónico, pero a él le estaba empezando a gustar otra gente. Entonces, como que se fue abriendo.

Coni: Después vino el disco con Ivan, que llevaba otros ritmos que nosotros sí habíamos escuchado pero que para Alberto eran nuevos. Era un Funky descalabrado que nada tenía que ver con Capsula.

Una apertura de sonido por lo que me contáis, ¿no?
Martín: Sí, totalmente. Se nos abrió el abanico de todos esos sonidos y también de manera mental.

Pero curiosamente, “In the land of silver souls”, último LP, no sigue esa línea. Es incluso más enérgico.
Martín: Eso fue gracias a Nacho. Nos metió en ese sonido más pesado y setentero, de los primeros setenta, mientras que nosotros éramos más de los últimos años de esa década. Atmósferas más densas.

Nacho: Los tres sacamos las canciones en el local, ensayando. Y de ahí, a machacar, currar y currar.

¿Más progresivo?
Martín: No, más Stoner… cercano a Black Sabbath o a Cream. Coqueteando con esas cosas porque nuestra esencia va más por el 1977, así que nos gustó experimentar.

Nacho: Me gusta mucho Pink Floyd también, pero tocado de manera más agresiva.

Coni: Y que tampoco es una pureza, digamos, muy marcada. Cada uno siempre tira para una década; dentro de la misma canción o dentro de un mismo bloque.

El puritanismo te limita y no es divertido, aunque no está de más ser consciente del tiempo que vive uno.
Martín: Claro. Somos conscientes de que estamos en el 2012, eso es así, y que tenemos que hacer música para el 2020 o el 2030, tomando otros elementos. Nos gustaría estar haciendo la música del 2030. He dicho.

¿Y cómo sería esa música del 2020? Hemos estado hablando de sonidos reinantes en distintas décadas, pero desde el 2000 no hay, digamos, algo que lo caracterice en cuanto al sonido.
Martín: Yo creo que sí, pero es algo que tiene que ver más con las producciones. Pero lo que está pasando ahora es que, por primera vez en la historia del Rock, se puede grabar en la distancia. Me refiero a que actualmente puedes grabar con un sonido determinado de otra época sin tener que atarte y cometer ciertos vicios, como sucedía en los 80. Había gente que se ataba a esos sonidos.

Coni: Como consumidor o como oyente, los canales eran muy pocos: radio o televisión. No había más, entonces cada uno buscaba como podía, como ahora con Internet, formándose cada uno su propio camino.

Martín: Efectivamente. Gracias a Internet puedes ver todo el pasado de golpe, en dos clicks. Entonces, dependiendo del gusto de cada uno, se puede hacer ese “sonido del futuro” que puede generar con cachitos de lo mejor…

Coni: O de lo peor.

Un monstruo de Frankenstein, vaya.
Martín: Sí, pero de tus propios gustos. La música es sonido, pero también es expresión, así que va a reflejar el sentimiento de lo que está pasando ahora y el sentimiento de la crisis y los movimientos sociales. Eso puede moldear el sonido y podrá verse, de alguna manera, dentro de 20 años.

Ciertamente, en Argentina pudo verse eso gracias a ‘Demoliendo hoteles’, de Charly García. La inestabilidad política en el país generó un movimiento musical.
Martín: Igual, la rebeldía o una expresión particular del momento pueden influir en el artista para recibir esas sensaciones y convertirlas en música. No hace falta que sean letras explícitas dentro de un grupo reivindicativo.

Coni: También depende de la persona. Hay quién lo recibe de una manera y hay quién lo recibe de otra. A cada uno le llega de un modo distinto.

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