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Leandro Aput: El sonido del silencio.

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“Los discos no pueden ser un instrumento hacia algo, sino que son un fin en sí mismo”.

Después de su momento “comercial” con Cabezones, Leandro Aput se encierra en la música con el fin de poder respirar el aire de lo que pronto llegaría estando en solitario y editando dos largos bajo su nombre: “Luz día” y “Sed”. Desde Argentina hasta España, su música ha quedado guardada en el equipaje de emergencia, ese que todos siempre tienen a mano cuando las cosas se ponen feas.

TEXTO: CHARLY HERNÁNDEZ.

En tu caso, naciste en Mendoza y acabaste en Buenos Aires. Después de militar en Cabezones decidiste arrancar en solitario con tu primer disco, titulado “Luz día”. ¿Por qué un proyecto en solitario?
Por la necesidad de seguir haciendo música, de reencontrarme y reconciliarme con aquello que me llevó a ser músico.

Yo me fui de Mendoza en 1997 para intentar vivir de la música, pero la vida te pone en lugares increíbles y yo he hecho de todo: terminé la Carrera de Comunicación Social, trabajé durante años en algunos de los más grandes medios especializados en música de Argentina, también fui durante mucho tiempo asistente de escenario del maestro Pedro Aznar, pero yo soy músico, y no hay otra cosa en el mundo que me haga sentir más pleno que tocar y hacer música. Así que cuando sobrevino el final de Cabezones, que fue un proyecto que había conseguido bastante reconocimiento, fue un momento en el que tuve que pensar muy bien las cosas.

¿Tan grande fue el cambio como para tener que pensártelo?
El cambio fue muy grande, pasé de formar parte de una estructura bastante sólida, con gente trabajando, asistentes, prensa, discográfica, manager… etc, a encontrarme solo en mi habitación sin nada de eso.

Literalmente me refugié en la música, sin ninguna otra intención que la de sentirme mejor. Una especie de bálsamo.

De ese ejercicio surgieron las canciones que fui empezando a compartir con mis amigos más cercanos y de a poco todo fue tomando forma. Trabajé con mis dos hermanos (Diego, mi gemelo, bajista de la banda Karamelo Santo, fue el productor del disco). Hicimos todo muy rápido, era un círculo muy pequeño de gente muy querida por mí. Ellos me ayudaron mucho, me empujaron y casi sin darme cuenta tenía un disco y ya estaba otra vez en la ruta.

Si no me equivoco, fue justo después de salir de Cabezones, lo que me hace suponer que ya tenías las canciones compuestas algo estructuradas de antes.
Fue inmediatamente después, pero no tenía absolutamente nada compuesto antes. Yo estaba cien por ciento entregado a la banda, jamás hubiera pensado en desarrollar una carrera en solitario, pero las cosas se precipitaron, y me encontré en esa situación que te comentaba antes. Esas canciones me cambiaron la vida, empecé a escribir, a tocar la guitarra acústica y a cantar para decir todo lo que quería decir. Salieron a borbotones.

Es un disco muy urgente, con sus puntos fuertes y débiles, pero es el resultado de ese momento, acababa de separarme de mi banda y de mi novia, no tenía nada y a la vez tenía todo por hacer, no podría haber sido distinto.

Además, fueron cuatro años… y eso da para mucho. Aunque entraste en Cabezones cuando la banda ya pasó por su máximo apogeo, ¿te condicionaba estar con una gente que tenía mucho vivido?
Sin duda que no fue fácil encontrar un lugar en una banda que hasta mi llegada siempre había tenido la misma formación. Eso significa que cada uno tenía sus roles bastante definidos y un funcionamiento al que tuve que adaptarme. Imagina que ellos siempre habían sido los mismos cuatro músicos y de repente sumar una guitarra más… ¡¡no sabía ni dónde ponerme en el escenario!! Pero de a poco fui ganando mi lugar. No me sentí condicionado para nada, además éramos amigos y eso ayudó.

La verdad es que la banda siempre tuvo un crecimiento bastante gradual, si bien dio un salto grande con el disco “Alas” (Editado por Sony y apadrinado por el ex Soda Stereo Zeta Bosio), no estamos hablado de una banda súper comercial ni mucho menos.

Siempre fue un trabajo que construimos a pequeños pasos, por lo que creo que el mejor momento, al menos con respecto a la popularidad del grupo, fue cuando nos separamos. De hecho nuestro último gran concierto fue meses antes de la disolución, en diciembre de 2006, en el mítico Estadio Obras, el sueño de cualquier banda de rock en Argentina.

“Intraural”, “Jardín de Extremidad” y el dvd en vivo “Bienvenidos” fueron tus aportaciones en tan magna formación. ¿No era viable continuar en una banda aunque el éxito (y la plata) estuviera asegurado?
Lamentablemente ya no era viable. Considero que yo fui uno de los que lo intentó hasta el final, puse todos mis esfuerzos en salvar el barco pero no fueron suficientes. Y justamente fue esa ruptura lo que a mí me abrió las puertas a un desarrollo personal que tal vez no hubiera sucedido de otra forma. No dejo de sorprenderme por eso.

Yo me siento un afortunado por haber podido vivir todas las cosas que viví con Cabezones. Fue hacer realidad el sueño de cualquiera que se haya colgado una guitarra en su vida: grabar discos, girar, que te pasen en la radio, conocer a grandes músicos que admiras. Esa es la parte idílica, que tiene toda una contrapartida mucho menos agradable, que tal vez no supimos manejar como grupo y que terminó con todo.

Creo que haber vivido todo aquello me hace ver las cosas desde una perspectiva más completa. Tengo una buena panorámica. Sinceramente me ha permitido disfrutar mucho más de una profesión tan mágica como la del músico.

¿Cómo funcionó “Luz día”? Creo que a España casi ni llegó…
“Luz Día” es un disco que a mí me dio muchísimo más de lo que esperaba. Nació sin ninguna pretensión comercial (ni de ningún tipo) y fue desarrollándose por sí mismo. De ser un manojo de canciones-antídoto, se transformó en un “¿por qué no hacemos un disco?”. De ser un disco grabado de forma autogestionada entre hermanos y amigos, terminó siendo editado por una multi en Argentina, con muy buenas críticas, un par de singles en radio. También tuvo promoción en México, armé una banda para tocarlo en directo, tocamos en festivales, en fin, cada paso fue desencadenando el siguiente. ¡Para mí fue de puta madre!

A partir de “Luz Día” me reafirmé como músico y como persona, fue la piedra que dio inicio a este proyecto que cabe en mis manos. Fue el comienzo de mi carrera y depende esencialmente de mí llevarla adelante y desarrollarla. Eso me hace sentir muy libre, muy vivo y con fuerza para hacer cosas nuevas. Por eso no quiero perder la oportunidad de intentarlas.

Bueno, “Luz día” es como un prisma con distintas maneras de ser interpretado…
Era un disco que por su concepto y su estética me permitía tocarlo en un formato muy pequeño, solo con mi guitarra, en cualquier escenario, y me animé. Esa es una de las razones por las que vine.

En España no fue editado, pero de todas maneras fue el disco que me trajo hasta aquí. Tengo algunas copias de la edición argentina que vendemos en los conciertos, ¡ya van quedando pocas!

Teniendo ese inconveniente… ¿Aventurarse a editar un segundo trabajo [“Sed”] te iba a ayudar para darte a conocer mejor?
Para mí los discos son una necesidad artística y personal, sobre todo si no estás obligado a hacerlos, la verdad es que nadie vino a decirme “hay que grabar el nuevo disco de Lea”. No pueden ser un instrumento hacia algo, sino que son un fin en sí mismo. Y en ese sentido “Sed” es todo un capítulo en mi vida y lo estoy disfrutando muchísimo en todos sus aspectos.

Pero hay que promocionarlo, aún así.
Por supuesto que con la edición del disco sentí la necesidad de promocionarlo, de mostrárselo a todo el mundo y ojalá eso me ayude a hacerme conocer un poco más.

El disco es el resultado de mi vida aquí en Madrid y de tocar con los amigos que hice aquí. Hablo de esas cosas, del cambio de ciudad, del amor que siento hacia las personas que me rodean, de reafirmar una forma de vivir y de ver las cosas. Es un paso adelante en mi carrera.

Lo hicimos con los hermanos Juan Pablo y Andrés Toch, que son unos musicazos argentinos (dios los cría…) que conocí apenas llegué en 2009 y se han convertido en mis mejores amigos. Ellos me apoyaron mucho desde que llegué y junto con otro viejo amigo mío que ya vivía acá terminaron formando mi banda, lo cual es todo un lujo para mí.

Grabar un disco en España fue una experiencia inolvidable, de esas que conciente o inconscientemente vine a buscar. El proceso fue genial. Me fui con los hermanos Toch a los estudios Tigruss en Gandía, en el verano pasado, y grabamos prácticamente todo allí.

¡Buen sitio!
El es un lugar muy especial, donde se han grabado grandes discos, está montado sobre un viejo cine y tiene una tecnología absolutamente analógica. Grabamos en directo todas las bases. Con otro gran amigo, Lucas Rojas, como ingeniero de grabación y mezcla.

Las voces las grabamos en Madrid y lo mezclamos en Barcelona. Todo muy rápido y con un nivel de disfrute excepcional. Por si faltaba algo, el mastering lo hizo mi querido Max Scenna en Buenos Aires. Estoy muy feliz con el resultado. También grabó a la distancia Ariel Minimal, guitarrista de Pez, una de las mejores bandas argentinas, y conté con la participación de Álex Ferreira.

¿Cuál piensas que has sido el punto de inflexión en tu carrera: la edición de tu primer disco en solitario, venir a España o la etapa con Cabezones?
Creo que no podría mencionar sólo uno de esos tres. Cada uno de esos momentos tuvo una incidencia muy grande en mi carrera y en mi vida en general.

Tocar en Cabezones me dio la oportunidad de pasar por algunas situaciones de esas que no vive todo el mundo. En ese sentido fue un privilegio. A partir de allí creo haber aprendido qué cosas al menos para mí son importantes con respecto a la música y cuáles no valen la pena, cuál es la razón por la que me quiero subir a un escenario y cuáles son accesorias.

Todo eso lo reafirmé cuando tomé la decisión de emprender mi carrera en solitario. Finalmente, venir a España es el fruto de todo eso, y por supuesto que ha sido un punto de inflexión en todos los aspectos de mi vida. Me he dedicado a tiempo completo a la música con todo lo que eso significa.

Trato de ser fiel a mi manera de pensar y de vivir y eso involucra el hecho de no aburguesarme, ni descansar en la pseudo-comodidad que te ofrece el sistema. En Buenos Aires, por mis trabajos extramusicales, sentí que podía quedar atrapado de por vida en esa jaula, y eso no es para mí. Quiero estar arriba de un escenario, quiero grabar más discos, esa es mi sed verdadera.

Aunque tengo la sensación de que te queda algo por hacer, como si existiera una cuenta pendiente…
Siempre quedan cuentas pendientes. Siento que esto recién comienza, que hay mucho por hacer. Trato de estar abierto a las nuevas oportunidades que te presenta la vida, pero muchas de mis cuentas pendientes tienen una dirección bastante concreta. Yo intento profundizar el compromiso con la música y con la vida todos los días.

Queda por delante un mejor disco, una canción más emocionante, una letra que te parta los huesos, un concierto memorable. Nos empujan cotidianamente a la resignación y al silencio y yo me resisto, desde mi lugar. Creo que es nuestra tarea de todos los días hacerlo. Como dice el gran Luis Alberto Spinetta, encontrar el antídoto contra todos los males de este mundo.

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