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Tulsa: La venganza lírica bajo el telón.

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“Hay a veces que sí sufro tocando ciertas canciones, estúpidamente, porque al cantar me vienen a la cabeza las imágenes que me hicieron escribir una cosa y me pongo rara. También me he cabreado como un lémur”.

Un punto de inflexión en la vida de todo grupo o artista, radica en el directo. En el siguiente artículo, Charly Hernández analiza en profundidad la puesta a punto de los shows de Tulsa, el grupo de Miren Iza, con la que además, charla sobre ello.

TEXTO: CHARLY HERNÁNDEZ.
FOTO: RUBÉN GARRIDO.
Publicada en Efe Eme

Se atenúan las luces, baja la intensidad del foco principal y el azul de otros dos tiñe el escenario completamente. Silencio, sólo eso, no hay una introducción instrumental que presente a la banda, directamente y con calma cada uno toma el lugar que le corresponde. Dos guitarras, acústica y eléctrica, un bajo, teclados y batería esperan la salida de la artista vestida a rayas con la guitarra colgando al hombro… los primeros acordes suenan y el respetable pide silencio a un molesto y ruidoso sector del público.

“He sentido de todo. He sentido empatía, otras veces inadecuación y vergüenza. Normalmente, si es un concierto nuestro en el que la gente sabe lo que se va a encontrar me siento más cómoda, aunque a veces el riesgo y tocar en un sitio en el que no te conocen tiene su cosa, un poco de: ‘qué pasa, sí, ésta es la mierda que hago, ¿algún problema?’”

Esa noche, Miren Iza, junto a sus chicos de Tulsa, ofrece en la madrileña sala El Sol otro de los tantos shows que ha ido realizando durante todo el año, presentando un último disco, “Espera la pálida”. Podíamos haber seleccionado como ejemplo las actuaciones en Vigo, Valencia o en Zaragoza… pero Madrid es una prueba de fuego, y aunque no es la primera vez que la guipuzcoana pisa la capital, el marco, tiempo y espíritu del azar querían tener como protagonista este concierto, punto de referencia y ejemplo de –casi– todos sus espectáculos, tanto para neófitos como para veteranos en estas lides. Pese a su juventud –la edad nos la reservaremos, pues no sería caballeroso mencionar la de una dama–, Miren atesora una creciente carrera musical con la que daba a conocer su talento a comienzos del 2000 con el grupo de punk-rock, íntegramente femenino, Electrobikinis. Después vendría un camino a pecho descubierto armada con una guitarra y haciendo versiones que desembocaría en la eclosión de Tulsa y un primer EP, luego los dos únicos discos hasta el momento de la banda. Sin olvidar la sonada colaboración con Enrique Bunbury y otras más sobre los escenarios junto a Christina Rosenvinge o con McEnroe interpretando el himno ‘Sólo me has rozado’ alguna que otra vez.

Abre y casi susurra la letra con ‘El duelo’ (“La noche invita a salir / a hacer la ronda de Baco / siempre promete el calor a cambio de un arrebato”), y no es la única pieza que interpreta de manera sobrecogedora, ‘Barro’ o la adaptación de un texto del poeta Dylan Thomas en ‘Aniversario de boda’ deja a los presentes en silencio y estáticos, alguno hay que marca el ritmo con el pie mientras mueve la cabeza con parsimonia de lado a lado.

“Para mí el punto álgido como público es cuando no puedo quitar la mirada del escenario. Cuando toco yo, con las dos primeras canciones, cuando se tocan, ya se sabe si va a haber magia o va a ser un concierto más”.

Las canciones se suceden una tras otra; ‘Oviedo’, ‘Contigo tocaré el cielo’, ‘Algo ha cambiado para siempre’, que es recibida con grandes aplausos nada más comenzar, contagian las ganas de escuchar y esperar qué viene después de –como se pudo oír– temazo tras temazo. Una perlita que gusta saborear en directo es ‘A mis brazos’, no incluida en el CD pero sí en la edición en vinilo de “Espera la pálida”, que llevada al directo se convierte en una amalgama de profundos sentimientos y es, en origen, una versión de ‘Into my arms’, del australiano Nick Cave.

“Probé a traducirla como por casualidad y me pareció una canción de amor impecable, la estuvimos tocando ya en la anterior gira y por eso le teníamos cariño. Decidimos grabarla sin tener muy claro si iba a ser incluida finalmente, y ahí está”.

Sería injusto, muy injusto hablar sólo de Tulsa y de sus trabajos discográficos y saltarse la esencia de sus directos. Hay a quien le parecen soporíferos; bueno, sobre gustos no hay nada escrito, y hay ciertos locales que programan a imitadores de Pereza para su gozo y disfrute, todo el mundo tiene derecho a disfrazarse y ganarse el pan. En cambio, otros, se dejan llevar por las hipnóticas y desgarradoras historias que nacen del vientre de la añeja guitarra Guild Gad-50 de Miren y sus chicos. Charlie Bautista es el encargado de las teclas, e incluso se permite el más difícil todavía intercambiando instrumento con Gabriel Marijuán, batería. Alfredo Niharra y Miguel Guzmán (Zodiacs) son los oficiantes de la guitarra, y Alberto Rodrigo escolta con el bajo. Una banda compacta que hace justicia a las letras con ese sonido tan denso a la par que liviano.

“La gira supone un ensayo constante. No me gusta nada ensayar las canciones en el local, de hecho ahora no tenemos local, siempre he pensado que resta frescura a los directos. Las modificaciones van surgiendo a medida que se toca”.

Las nuevas canciones de “Espera la pálida” se mezclan y forman grata compañía con las del disco anterior, “Sólo me has rozado”, siendo quizás estas de índole más animada pero no por ello de inferior calidad, sin olvidar las del EP homónimo editado en 2006 que contiene grandes cortes también llevados al directo, como ‘La Goulue’ o ‘Cantártica’ (“Hay algo en ti que me asusta / que me hace pensar que es mejor huir de ti / escapar. / Te quieres quedar con mi vida / me arrancaste la piel / y te la pones de abrigo”). De hecho, “Sólo me has rozado” es un recopilatorio de todas las composiciones que formaron Tulsa desde la fundación en 2002 hasta el lanzamiento en 2007 ya con Subterfuge Records. ‘Carretera’, de ritmo fronterizo, o ‘Seguramente me lo merezco’ (“Yo no soy una de esas ilustres amigas tuyas / que la comen tan bien. / Y ahora ves que quiero estar un rato más contigo / y tu no me quieres ver”), contienen una gran carga personal en los textos y lecturas varias. También la crudeza en el cancionero de Tulsa hace de su obra una interesante travesía que invita a sentir las canciones de manera agridulce.

Los temas punteros son coreados por el gentío que abarrota la sala, gustan de escuchar las sorpresas rítmicas que perciben en esa o en cualquiera de las otras noches que protagonizan Tulsa sobre las tablas. Es lo mágico y a valorar en un concierto, la calidad que exhiben los músicos tanto musical como poéticamente luciendo sin florituras sus canciones que cambian de orden, añaden una u otra al repertorio en distinta ciudad o reinventan una y otra vez buscando la improvisación.

“Soy un poco cobarde, la verdad, pero me encantaría improvisar todo el rato. Lo hago más cuando voy sola”.

Todo aquel que haya asistido a un concierto de corte intimista, de esos en los que uno se encuentra sentado frente al escenario, casi a nivel del suelo, desglosando cada palabra de las composiciones musicalizadas, se dará cuenta que es un momento cumbre en un show de esas características. ¿Hay una conexión entre artista-espectador? ¿Sufre de verdad el o la cantante sintiendo lo que canta? Desde luego para tocar un tema en todo su esplendor hay que sentirlo, no sólo es un puñado de letras, sino una historia la que hay detrás y que traslada al músico a una especie de regresión hipnótica. ‘Matxitxako’ es quizá, bajo el punto de vista del que escribe, uno de esos cónclaves que unen la figura de la artista con la del espectador al igual que ‘Te ofrecí’ o ‘Estúpida’. ¿Por qué? Es la pregunta, bien, las letras sobre desamores que Miren Iza relata no son las típicas, sino que buscan un punto distinto a los estándares, dando la puntilla de forma más dolorosa tras una máscara tragicómica. Es ahí donde radica la originalidad de Tulsa en todo su conjunto y lo que les diferencia de otras tantas bandas (“Si bastan dos mitades para hacer la unidad / somos tercios en la nieve buscando un tullido más para completar nuestra propia trinidad / para engañar a nuestro destino final”).

“Hay a veces que sí sufro tocando ciertas canciones, estúpidamente, porque al cantar me vienen a la cabeza las imágenes que me hicieron escribir una cosa y me pongo rara. También me he cabreado como un lémur”.

El nombre de Tulsa engloba toda esta miscelánea que podemos descubrir dentro de las canciones; nombre de la ciudad de Oklahoma, de la cual nace la mítica Ruta 66, capital del petróleo y del desamor. Inspiración de títulos y de fantásticos discos como ya lo hiciera Wayne Hancock en 2006 o como la ciudad natal de J.J. Cale. Clausurando y apagando las luces… ¿Quedará la banda de Miren, Charlie Bautista, Niharra y compañía para el recuerdo? ¿Perdurarán en la memoria y entre el cada vez más mermado gusto musical del populacho? Solo el tiempo pone a cada uno en su lugar y, desde luego, Tulsa merece, tanto en calidad de estudio como de sus directos, un hueco donde le corresponde.


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