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Lapido: La liturgia del escriba.

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“La industria discográfica española esta sufriendo en gran parte mucho de lo que ella se ha ganado a pulso”.

Para muchos es un poeta y uno de los mejores compositores de este bendito país. Y no les falta razón, pues cada palabra y sílaba que sale del papel en blanco de José Ignacio Lapido acaba formando una amalgama literaria única que hace todavía más grande a su creador. Ha posado en nuestros pabellones auditivos su último trabajo, titulado “De sombras y sueños” (Pentatonia Records. 2010) grabado en Motril y con la compañía de de amigos como Miguel Ríos, Juan Aguirre y Eva Amaral o Quique González. El tiempo es una vía y no un impedimento para Lapido que con cada nuevo disco hace enfundar al sonido sus suaves guantes de piel.

TEXTO: CHARLY HERNÁNDEZ.
Publicada en Paisajes Eléctricos

El año que viene se cumplen treinta años desde que hiciste tu primera grabación con Aldar (1981). Se podría decir que llevas una carrera más que longeva, pero de cara a una visión retrospectiva de todo el camino andado y haciendo una lectura de ‘Sueños que dejamos ir’ (Aún no se que me trajo hasta aquí, sólo intento averiguar…) te pregunto: ¿Qué haces tú aquí?
Eso mismo me pregunto yo. Supongo que con la música cubro mis necesidades expresivas. Mi amor incondicional por el rock’n’roll hace que sea una persona vulnerable a las tentaciones que la misma música me plantea: surge una nueva canción diciendo “grábame”, y yo al final no me puedo negar. Las canciones pueden ser muy persuasivas.

De hecho has dicho alguna que otra vez que todavía no has alcanzado la perfección.
No, claro, que no, si la hubiera alcanzado me habría retirado ya, pero es un imposible. Es más, cuando uno es consciente de la imposibilidad de alcanzar la perfección, se siente más a gusto consigo mismo. Eso no quiere decir que haya que renunciar a acercarse lo más posible a ella.

Bajo tu punto de vista, ¿puede ser que la edad sea un grado a la hora de hacer canciones mayoritariamente más reposadas y tranquilas?
La edad no tiene que ver con el tempo de las canciones. En los metrónomos, que yo sepa, no pone tempo lento para mayores de cuarenta ni tempo acelerado para menores de treinta. Si hay más canciones tranquilas en este disco es porque han salido así ellas solas, y a las canciones no hay que llevarles la contraria. Yo prefiero hablar de intensidad.

En cuanto a las letras. Gozas del reconocimiento más que merecido de poeta, eres un estandarte de la música y te consideran uno de los mejores letrístas. Ahí tenemos el estudio que hizo el filólogo Jordi Vadell, por ejemplo. Muchas obras de arte aparecen por inspiración o azar. ¿Hasta que punto utilizas la escritura automática o los textos premeditados en una composición?
La escritura automática es un gran invento, pero no nos llamemos a engaño, hace falta que alguien dirija ese proceso, las palabras no se escriben solas. No es la mano sino el cerebro. Yo siempre he dicho que con las palabras hago de domador. Con las palabras y con las ideas. Están por ahí flotando y rugiendo en un limbo mental: se dejan ver, se ocultan… luego tiene que aparecer el talento o la habilidad del autor para poner orden en todo eso. También hay que saber lo que se quiere decir en una canción y encontrar el tono adecuado.

Me consta que no eres de los que escuchan su obra una vez terminada. Tras “Cartografía” y todo el despliegue sonoro que tuvo, ¿te sentías presionado de alguna manera cuando empezaste a trabajar en “De sombras y sueños”?
Siempre me siento presionado por mi autoexigencia, que es alta, pero no comparando las nuevas canciones con las de “Cartografía” sino con el baremo que yo mismo establezco en el momento en que me pongo a preparar un disco nuevo. Es cierto que no escucho mis discos anteriores porque me produce agonía: sólo me fijo en las cosas que no quedaron tan bien como yo quería y eso me produce malestar. La gente, por supuesto, escucha otra cosa: una canción simplemente, no se fija en esos minúsculos detalles que hasta es posible que ni estén en la grabación, que se eliminaran en las mezclas, pero en mi mente siguen sonando, no lo puedo evitar.

Puedo observar cierta aura pesimista en las letras -más bien diría desencantado- de este último trabajo, aunque siempre ha sido una característica tuya, junto con la ironía. Como ejemplo te nombro ‘Antes de morir de pena’, ‘La hora de los lamentos’ o ‘Cansado’. Parece que las mejores letras pueden surgir en “un día nublado” o en una situación peliaguda.
Los días nublados son perfectos para cualquier cosa menos para tomar el sol. Para escribir una canción, por ejemplo. Y el desencanto también está presente en mi forma de enfrentarme a la vida, eso no quiere decir que la vida me dé igual, al contrario, me importa demasiado como para olvidarme de disfrutarla. Creo que escribiendo canciones tristes me reconcilio con la vida. No todo ha de ser dulce, nos empacharíamos. La amargura está en nosotros, y puede ser bella ¿Acaso el réquiem de Mozart en re menor no es sublime?

Otro que te alaba es Quique González con el cual ya has colaborado y que además canta ‘En medio de ningún lado’ en “De sombras y sueños”. Tanto Miguel Ríos (‘La hora de los lamentos’), como Quini Almendros (pedal steel en ‘Olvidé decirte que te quiero’), como Eva Amaral (‘Doble salto mortal’) y Juan Aguirre (‘Cansado’) también pasaron por el estudio de Motril. ¿Siempre es aconsejable rodearse de amigos y compañeros de profesión para grabar algo en el estudio o para compartir escenario?
No sé si siempre. Yo nunca lo había hecho hasta ahora; bueno, no es verdad, Quini ya había colaborado conmigo anteriormente. Quiero decir compartiendo tareas vocales. Pensé que era el momento de invitar a algunos amigos de reconocido talento para que me acompañaran y todos ellos aceptaron muy generosamente y creo que sus aportaciones han engrandecido el disco.

En una entrevista que hice a Miguel Ríos hace unos meses me contaba lo mucho que le influyó “Cartografía” y te reivindicaba dentro de la primera división del panorama nacional. ¿Crees en las primeras y segundas divisiones dentro de la música?
Me imagino que lo diría en el sentido comercial y en el sentido de repercusión mediática. Claro que hay unos que juegan en una liga y otros que jugamos en otra. Yo juego en la que juegan muchos músicos de rock de este país que vamos por ahí de garito en garito, con la furgoneta, tocando para audiencias reducidas, sacando nuestros discos con dificultad e intentando sobrevivir en un medio adverso. Eso sí, con orgullo.

Pero sin embargo, en el concierto de Granada y en el de El Sol de Madrid has colgado el cartel de ‘no hay entradas’, la energía del directo es indiscutible, por lo tanto… no termina de quedar clara esa especie de línea invisible que separa a unos músicos y a otros.
Colgar el cartel de “No hay billetes” en salas que caben 400 espectadores tampoco es ganar la II Guerra Mundial que digamos. En cualquier caso antes no me ocurría y ahora sí, por lo que estoy razonablemente contento

Y ya que hablamos de Miguel Ríos, de la canción que cantáis a dúo y de la música. ¿Se pudo haber evitado de alguna manera el decadente estado tanto de la industria como de la manera de mercantilizar la música? Ya sabes… “todo el mundo sabe que esto va a ponerse feo…”
La industria discográfica española esta sufriendo en gran parte mucho de lo que ella se ha ganado a pulso. Nunca han apostado por artistas de largo recorrido que tuvieran algo que decir sino por el beneficio a corto plazo, por la horterada rentable que al poco tiempo se olvida. Al comprador también hay que educarlo ofreciéndole propuestas de calidad. El mismo Miguel ha sido dado de lado por la industria en algún momento de su carrera y tuvo que inventarse un sello propio para sacar sus discos. Eso en EEUU es impensable, hay más respeto.

Quizá la autoedición sea una posible salida, pero claro… puede resultar una ruina. ¿Cómo te las apañas con la autogestión?
Trabajando mucho y haciendo tareas que no son propias de un músico, o por lo menos que no lo eran antes. Aunque creo que a partir de ahora muchos músicos van a tener que hacer algo parecido porque no va a haber nadie que lo haga por ellos.

Pero siempre habrá que aferrarse a algo. Un poco de fe o tener más moral que el Alcoyano, vaya.
Tengo una misión en la vida y voy a cumplirla ¡que me pongan la camisa de fuerza ya!


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