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Eric Sardinas: El salvaje y árido slide.

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“Estando en el estudio no creo que la magia se rompa en pedazos, pero si se rompe siempre se puede volver a juntar de nuevo. ¿Y sabes por qué? Porque podemos”.

La sombra de un sombrero tejano tapa los desafiantes y oscuros ojos de Eric Sardinas (Florida, 1970). De mentón perfilado y serio semblante, arrecia su propio temporal cuando sus botas hacen crujir el entarimado del escenario armado con un dobro Washburn ES20-CEB sacado de la época más madmaxiana.

TEXTO: CHARLY HERNÁNDEZ.
Publicado en El País

Pese a su escasa discografía (cuenta con cinco álbumes oficiales) ya ha logrado ser una leyenda del blues, aunque no pertenezca a la escuela ortodoxa de Robert Johnson, la cual cuenta con aventajados y eléctricos alumnos tales como Muddy Waters, Buddy Guy, B.B. King, Lightin Hopkins o Howlin’ Wolf. No obstante continúa la estela de -entre otros muchos- Johnny Winter, Stevie Ray Vaughan, Rory Gallagher y Gary Moore. Tal vez John Mayall no fuese mentor directo, pero quien tuvo retuvo. Además, lo curioso es que al igual que Mark Knopfler, Sardinas nació siendo zurdo pero toca como un guitarrista diestro, lo que convierte su técnica en un virtuosismo aprendido de oídas más atractivo en directo que en disco.

Era 1999 cuando el encuerado guitarrista empezaba a despuntar entre el selecto club de amos y señores del blues tras haberse pelado los pies en las esquinas, tocando por unos pocos dólares callejeros. Su impronta no dejaba indiferente a aquellos que lo veían por primera vez. Allí, sobre el escenario y bajo los focos, un hombre desconocido para muchos hacía slide con una botella de cerveza. Su voz rasgada era el legado de Winter y sus espectaculares movimientos machacaban a cualquier bluesman apático. Era incendiario y puro show. Ya por entonces aparecía en el mercado su primer plástico, editado por Evidence Records y bautizado como Treat me right. Aquella primera entrega era una muestra de actitud frente a lo que todavía estaba por venir. Catorce balazos de blues-rock donde la metralla llevaba por título “My baby’s got something”, “Sweetwater blues”, “Murdering blues”, “Low down love”… junto a “Tired of trying”, ¡mano a mano con el demonio blanco! Eso sin olvidar la versión de “Rollin’ and tumblin”. Demasiado para los mortales.

Con aquel primer golpe prometedor tenía que seguir algo bueno después. Pero tuvieron que pasar dos años para que Devil’s train figurara como segundo asalto. Aunque entrando en el nuevo milenio apareció Angel face, un EP que sirvió de refuerzo para unos cimientos que comenzaban a fortalecerse sobre sus bases. Ya en 2001, la continuación de Treat me right seguía por los derroteros anteriores, aunque quizá ya andaba más cercano al blues tejano por lo que dejan entrever los cortes “Texola”, “Gambling man blues” (a dúo con Honeyboy Edwards) y “Country mile”. La punzante gama eléctrica de su dobro seguía siendo la firma de todos los cortes, en especial de “My kind of woman”. Pero por primera vez bajaba el ritmo y suavizaba la voz cuando el minutaje moría entre el silencio de los acordes que “8 goin’ south” terminaba por apagar.

¿Era Black pearls un hijo bastardo del hard-rock más light y de un emborronado blues? Posiblemente. Parte de culpa (para bien o para mal, según se mire) puede tenerla el productor Eddie Kramer debido a que dejó un sonido demasiado limpio. Una producción que no le hacía justicia a “Sorrow’s kitchen”, una buena canción que se quedó en un intento pop. Si hay que nombrar un salvavidas para que el resto del track-list pudiera mantenerse a flote ese era “Four roses”, pese a que el exceso de guitarras (como en casi en la totalidad del long-play, exactamente en “Flames of love”) eclipsara al característico slide que hacía sonar a través del dobro. Pero antes de que saltaran algunas alarmas, Eric Sardinas dejaba atrás el año 2003 de Black pearls para tomarse un tiempo.

«La clave de la humildad y de la integridad de la música están ahí, eso en primer lugar. Pero el enfoque de lo que quieres hacer no tiene por qué ir a ningún lado, procurando mantenerse hasta la mitad de lo que se puede hacer. Tienes que tenerlo claro a la hora de manipular y crear lo que se tiene en la cabeza, pues el propio estudio puede robarte esa magia. No lo olvides, amigo: honestidad e integridad. Si eso está “ahí”, su destreza podrá volar y sortear a la pureza. Por ese motivo toco así en directo, porque refleja este enfoque del que te hablo. ¡Es la única manera de conectar con todos los presentes!»

Cinco años después de aquel ‘susto’, Sardinas formaba la que es hasta el día de hoy su actual banda de acompañamiento, Big Motor. De hecho el siguiente largo no iba a tener nada que ver demasiado con lo anteriormente publicado. En primer lugar porque fichaba por Favored Nations, sello del mismísimo Steve Vai. Y segundo porque volvía a las raíces junto a una banda con nombre propio y teniendo a Matt Gruber en la producción. Este trabajo homónimo era un guiño (a su manera) al gospel, al rock and roll, rythm & blues y, como no, al blues. “Gone to Memphis” sorprendía gratamente a la audición, pues era algo distinto. Contenía unos coros femeninos muy claros y llevaba por una senda más calmada. Seguía el rastro de pasos “Burning love”, excelente homenaje a Elvis Presley que no estaba solo dentro del catálogo de covers, ya que la sombra de Tony Joe White se hacía presente con “As the crow flies”.

«Estando en el estudio no creo que la magia se rompa en pedazos, pero si se rompe siempre se puede volver a juntar de nuevo. ¿Y sabes por qué? Porque podemos».

En el presente año presenta Sticks and stones, el cual se convierte en el primer álbum que sale bajo Provogue Records, dejando atrás la vida con Favored Nations. Métodos algo anárquicos para dejar crecer todas y cada una de las piezas de este último trabajo. Once cortes que sudan y rezuman rock and roll de carretera y blues del Delta del Mississippí a partes iguales pero conviviendo bajo el mismo patrón. “Road to ruin” y “Cherry wine” ejercen como maestras de ceremonia abriendo el LP en todo su espectro eléctrico, donde “County line”, con el traqueteo ferroviario, determina el límite de a la hora de bajar el ritmo. Y francamente, es un trabajo que entretiene y se hace gustar, pero sin llegar a ser un hito. “Behind the 8” tiene mucho del Johnny Winter de los ochenta, cuando el albino publicó los majestuosos Guitar slinger (1984) y Third degree (1986). En cambio se prodiga Eric Sardinas con la voz y el dobro como único instrumento en “Ratchet blues”. Es ahí, cuando Sticks and stones pierde fuerza hasta terminar varado en la balada crepuscular titulada “Too many ghost”. Pero al fin y al cabo Eric Sardinas había encontrado su hogar y a su familia tras haber estado en distintas casas de acogida donde no terminaba de encontrar el mojo necesario.

«El productor Matt Gruber y yo tratamos de trabajar muy bien esa característica de libertad. Todo es cuestión de ver la energía después de su integridad. Su relación con la música y la visión pone de manifiesto momentos de orgánica magia. Se siente y sabe a dónde se dirigen las canciones, así que sin pensar en la energía se centra en dejar ir el momento y que las canciones nos llevaran por su camino».

Recientemente y como viene siendo prácticamente una tradición, se dejó caer por diversas salas de este bendito país; La Faktoría en Terrasa, Live en Madrid, Jimmy Jazz en Vitoria o dentro del Serie Z Festival en Jerez, todo ello para presentar Sticks and stones, el último latigazo donde vuelve a estar acompañado de Big Motor, la que ya es su banda de escuderos oficial, formando de este modo un trío soberbio compuesto de bajo, guitarra y batería que –como antes se ha mentado- es el verdadero motor de la máquina en los recitales (si es que les puede llamar así) en vivo.

«Siempre me ha gustado la claridad y la pureza, la energía que ofrece la formación en trío. Hay una realidad y honestidad con la que conectar en ese sentido. Tengo un romance con la profundidad; consiste en dejar la música en el esqueleto para tocarla en vivo. Siento la música como algo muy mío, como el respirar, tío. No hay que olvidar que debe de mantenerse el fuego primigenio de la sinceridad musical con mensajes ardientes. Me siento en el límite cuando despojo a la música de su esencia».

Pero antes de dar por finiquitado el texto conviene repasar nombre por nombre para saber quienes están tras Big Motor. Levell Price (bajo) y Chris Frazier (batería) son los dos hombres de confianza con los que cuenta Eric Sardinas. Chris Frazier ya venía de lejos, acreditado en como baterista en Black pearls no continuaría con su puesto en Eric Sardinas and Big Motor por no poder compaginar su agenda entre Sardinas y Steve Vai. Su lugar lo ocuparía Patrick Caccia, pero no por mucho tiempo, pues Frazier volvía sentarse al timón del motor siendo la mano derecha de Eric.

«He hecho mucha música junto a Chris; dos giras por todo el mundo y trabajos en el estudio. Nuestra historia y química musical es muy fuerte. Con Chris y Levell juntos me siento en familia. Se crea una energía muy hermosa. Por supuesto que Patrick forma parte de esa familia y también ocupa una parte de mi corazón, tanto en lo musical como en lo personal. Él ahora está trabajando duro con su música, siempre lo ha deseado así».

Pero el fantasma de la suspicacia sobrevuela cuando coinciden dos datos: que Eric Sardinas dejara el sello de su amigo Steve Vai. Y que Chris Frazier (batería de Steve Vai) se fuese con Sardinas en esta nueva andadura. ¿Esto es por algún tipo de trato o venganza?

«No puedo evitar sonreír ante esa pregunta, tío. Justamente he estado en casa de Steve hace una semana. Estamos muy cerca, siempre en contacto el uno con el otro. Nos une una pasión inquebrantable: la música. Todos nosotros somos una familia. Es más ¡funcionamos como una familia! Nos tenemos un profundo respeto».

Pues que así sea y sigan manteniéndose unidos. No sólo el propio Eric Sardinas con Steve Vai, sino que el gran motor no se quede en punto muerto en mitad de la ruta trazada. Se avecinan torrentes de slide y voz arenosa en los próximos años para sacudir los estertores de la historia de la música. Liberado el blues de toda la paja y hojarasca, para al final simplificarlo, se llega a la conclusión de que no es más que un par o tres acordes. Pero amigos, esto es como el buen sexo; algo tan simple hay que saber hacerlo bien para introducirlo en el interior del cuerpo (propio y ajeno) y alcanzar así el clímax. Simple, sí, pero no sencillo.


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